selvaAl finalizar la Guerra de la Triple Alianza, los Estados comenzaron a disputar las nuevas fronteras e iniciaron una serie de viajes exploratorios de reconocimiento de los principales recursos económicos existentes – en especial los yerbales silvestres–. La elite local Posadeña compuesta fundamentalmente por comerciantes minoristas que acompañaron los ejércitos aliados y acumulo capitales en la contienda fue la que impulsó acciones tendientes a resguardar sus intereses comerciales. El vasto territorio era mayormente desconocido y se sabía de la existencia de tribus hostiles al contacto con las sociedades nacionales.

En ese contexto “el pacto de la selva” que acordado en 1875 entre los indígenas y los empresarios yerbateros posibilitó la “pacificación de una amplia zona económica que comenzó a ser incursionada. El nuevo proceso desencadenado condujo a la proletarización de los nativos y consolido las bases de acumulación asi como las alianzas de intercambio-reciprocidad entre la elite local posadeña de la primera generación con la elite local de la segunda generación que se apropio fundamentalmente de la tierra a partir de 1880.

El “pacto de la selva”: el acuerdo que abrió la explotación de los yerbales silvestres del Alto Paraná en la segunda mitad del siglo XIX.

El panorama geopolítico había cambiado radicalmente luego de la finalización de la Guerra de la Triple Alianza y los viajes de reconocimiento que tuvieron lugar en la década de 1870, dieron lugar en el decenio siguiente a expediciones comerciales que consolidaron a la ciudad de Posadas como “portal natural” de una región “inexplorada”. Las buenas condiciones de navegabilidad fluvial permitían remontar a los barcos a vapor hasta a los saltos del Guayrá , obstaculizados únicamente por algunas correderas o “restingas” que no representaban mayor problema para los navegantes.

En el año 1874 se habían iniciado oficialmente las exploraciones de las costas del Alto Paraná argentino con expedicionarios que se valieron de embarcaciones a vapor y canoas rentadas por empresarios yerbateros residentes en Posadas. Estos llegaron en 1875 a la altura de la desembocadura del arroyo Piray – también denominado “rio dos peixes” por los brasileños– y habilitaron un fondeadero que ofició de puerto para las canoas y vapores que comunicaban río Paraná con la “picada Marcondes” que desde ese punto se extendía por más de 200 kilómetros.

El improvisado puerto que en ese punto habilitaron, sobre la orilla izquierda del rio Paraná constituyó uno de los primeros enclaves que posibilitaba traspasar el territorio argentino y permitía embarcar yerba mate proveniente de San Pedro, un paraje así bautizado en honor al emperador de Brasil Pedro II, por el coronel Marcondes quien en sus inmediaciones descubrió los yerbales naturales y abrió la extensa picada que también comunicaba con las poblaciones de Barracón (actual ciudad de Bernardo de Irigoyen), Palmas Novas, Campo Eré. Aunque por entonces todo ese territorio estaba en litigio con Brasil, hasta el laudo del presidente Groover Cleveland en 1895.

Puerto Piray – como empezó a denominarse luego– estaba situado a mitad de camino de Posadas y Tacurú Pucú, otro importante enclave yerbatero. Este último fue habilitado por el comerciante correntino Francisco Meabe en 1870 con una extensa picada que traspasaba los nuevos límites y se extendía mas allá de la Cordillera de Amambay, hasta internarse al sur de Mato Grosso, – luego epicentro de la actividad de dos grandes compañías: La industrial Paraguaya y la Matte Larangeira–.

La actividad fluvial en la región alto paranaense incrementó notablemente su a principios de 1880 gracias a la explotación yerbatera y el puerto de Trincheras de San José que constituía el principal emplazamiento ya superaba aproximadamente los mil habitantes, cuando solo unos años antes, en 1875 contaba con “una media docena de casas de material […] la ranchería se extendía alineada desde la plaza principal, donde se inició la construcción de la iglesia abatiendo los últimos árboles de alto porte que allí habían quedado. Los edificios para los servicios públicos vinieron a continuación” (Luchessi, 1936: 8).

El poblado continuó incrementando en número de habitantes así como la relevancia que ocupaba en las comunicaciones y el transporte de mercancías por la confluencia de caminos y picadas que tenían lugar en ese punto. En igual sentido, la creciente demanda de los mercados consumidores de yerba mate potenciaba el interés por desarrollar emprendimientos productivos.

La expansión de la actividad yerbatera llevó a un inevitable encuentro “cara a cara” entre las tribus indígenas del Alto Paraná y los empresarios yerbateros que organizaban las expediciones de exploración con fines comerciales. El riesgo de enfrentamientos con las tribus de aborígenes que convivían en el medio ecológico selvático había provocado que la mayoría de los yerbales silvestres permanecieran ignorados hasta las décadas finales del siglo XIX.

Las parcialidades guaraníes que habitaban el Alto Paraná en ese momento eran sociedades sin Estado organizadas económicamente por lazos de reciprocidad regidas por “el cumplimiento de la palabra” como pauta cultural. Habían permanecido aisladas en el periodo colonial, hasta el momento en que los nuevos Estados nacionales comenzaron a disputar la nueva frontera, donde practicaban un modo de vida que conservaba las relaciones humanas y un sistema religioso basado en la concepción móvil del espacio, en sintonía con el medio ambiente (Meliá, 1991: 12).

Los múltiples desencuentros habían obstaculizado la explotación de la yerba mate silvestre hasta la segunda mitad del siglo XIX, aunque eran conocidas algunas prácticas de los indígenas para incorporar a su sociedad ya que acostumbraban a “raptar” niños pequeños para educarlos en sus pautas culturales para así evitar su muerte prematura ante la ausencia de sus padres biológicos. Ese fue el caso de Bonifacio, hijo de Roque Liberato Luga Maydana, un maestro de postas que vivía en el paraje Mberití que acompañó a una expedición yerbatera al Alto Uruguay estimulados por el alto precio del producto a raíz del bloqueo anglo-francés de 1845 /1846 (Fernández Ramos, 1930; Luchessi, 1936).

La expedición a los yerbales había sido organizada por varios jóvenes comerciantes emprendedores del Departamento Santo Tomé pero fue atacada en plena travesía por los nativos que dieron muerte a todos ellos, excepto al niño llamado Bonifacio Maydana (Fernández Ramos, 1935: 107). Bonifacio Maydana – había nacido en Santo Tomé, un antiguo pueblo jesuítico– protagonizó los acontecimientos que marcarían un antes y un después en la apertura de la región Alto Paranaense.

En su adolescencia, el líder en cuestión había dado muestras de liderazgo carismático a pesar de su condición de “blanco”, hasta constituir en cacique al momento del “Pacto de la selva”. Hasta ese momento, los yerbales de las Altas Misiones y la región del Contestado (Brasil) con los del paraje San Pedro circulaban hasta Puerto Piray, eran oficialmente desconocidos para los empresarios yerbateros de Posadas, porque se rumoraba en el poblado de la existencia de tribus indígenas que hostilizaban y “se entregaban al pillaje de las chatas y las canoas que remontaban el Paraná de día” (Luchessi, 1936: 11).

Los exploradores que se atrevían a aventurarse hasta ese punto, sugerían dejar sus embarcaciones en la costa argentina por la tarde para reposar en la noche más tranquilamente en la orilla paraguaya porque frente a Puerto Piray se encontraba Puerto San Lorenzo, donde el explorador Theodoro Gazpar había hallado importantes yerbales. El comisario de yerbales – Felipe Tamareu, un referente masón de la élite local– había elevado un informe en 1874 al gobierno de la Provincia de Corrientes sobre los trabajos que había realizado al mando de la comisión exploradora de Piray-San Pedro y estimó que podrían extraerse de la zona no menos de 300.000 arrobas anuales de yerba mate.

Felipe Tamareu propuso realizar con premura un reconocimiento del arroyo Piray Guazú para establecer su navegabilidad y fundar un pueblo sobre la orilla izquierda de su desembocadura en el río Paraná. La acción demoró en concretarse porque no estaba en los planes de la élite correntina fundar nuevas poblaciones en el Alto Paraná a pesar que era presionada por el mandato de la ley Avellaneda de 1877. El gobierno se limitó como acción de gobierno a “refundar” los antiguos pueblos jesuíticos como parte de una estrategia para no otorgar pequeñas y medianas propiedades preservando el resto del espacio como fiscal.

En tanto los empresarios yerbateros posadeños presionaban por realizar la exploración del interior misionero y alcanzar la “pacificación” de las tribus indígenas, sin hacer un uso directo del poder bélico, en correspondencia con lo que podríamos denominar el principio de la “economía del poder” ya que “es más eficaz y rentable vigilar que castigar” (Foucault, 1992: 90). El acuerdo alcanzado entre el cacique Bonifacio Maydana y el descubiertero Fructuoso Moraes Dutra, fue posible gracias a la confluencia de varios factores.

Por un lado se logró la financiación de la expedición de los yerbateros Juan y Francisco Goicoechea que presidían el Concejo Municipal y aprobaron una partida de cinco mil pesos. Por otra parte esa expedición contó con los más expertos exploradores “a cuyo frente estaba el montaraz brasileño, Fructuoso Moraes Dutra, quien después de penosos trabajos, encontró un hermoso yerbal virgen, a cuya explotación se dio principio bajo muy buenos auspicios” (Fernández Ramos, 1935: 106).

El pacto de la selva marcó la ocupación de un espacio hasta entonces vacío de normas jurídicas estatales que dieran un marco de legitimidad del accionar de la élite local, ya que era fundamentalmente un territorio donde predominaba una noción geográfica y jurídico-política del poder, en la que el liderazgo carismático establecía en términos generales el principio de que “cada lucha se desarrolla alrededor de un centro particular del poder” (Foucault, 1992: 90).

La apertura del espacio Alto Paranaense legitimada formalmente por el “pacto de la selva” marcó el comienzo de un escenario de legitimidad favorable a los intereses de los empresarios que comenzaron a explotar yerba mate al tiempo que lograron hacerse de la mano de obra nativa y establecer los términos de ese intercambio que siempre desfavorecieron al segundo grupo. El trabajo indígena fue corroborado por viajeros y exploradores que observaron a los nativos recolectar grandes cantidades de yerba mate en los obrajes a cambio de utensilios de labor - hachas, machetes, también perros de caza- (Ambrosetti, 1894: 44).

El explorador Fructuoso Moraes Dutra era un gran conocedor de las lengua y costumbres de los tupies guaraníes - hablaba corrientemente el portugués, guaraní tupí- a la vez era un gran conocedor de los recursos aprovechables del medio selvático. Tales habilidades corroboran de algún modo la afirmación foucaultiana de que el saber en sus múltiples formas también engendra poder y que “no es posible que el poder se ejerza sin el saber y es imposible que el saber no engendre poder” ya que “el poder lejos de estorbar al saber, lo produce” (Foucault, 1992:118).

El montaráz había sido intérprete de las autoridades oficiales brasileñas en las poblaciones que fueron antiguas reducciónes de indios; su padre ostentaba el mérito de haber sido llamado personalmente a la corte del Emperador Pedro II para dar charlas sobre las costumbres y la lengua Tupí. En tanto sus contemporáneos señalaban sus otras destrezas ya que “no conociendo las cartas geográficas, no sabía servirse de las brújulas; mantenía la dirección con el surgir y el declinar del sol. En las jornadas nubladas se orientaba como podía con el curso del agua, o con las especiales características del terreno” (Luchessi, 1936:12)

Los conocimientos de lengua y cultura tupy del explorador facilitaron la comunicación y apaciguar inicialmente la desconfianza e iniciar un trato más cordial para negociar luego la utilización “compartida” del espacio. Moraes Dutra ingresó al campamento indígena acompañado por seis hombres con armas de fuego que permanecieron en la retaguardia ante una eventual emboscada bajo la orden de que al oír algún disparo avanzaran y atacaran con sus escopetas a los nativos que estaban armados con arcos y flechas.

El objetivo “oficial” de la comitiva del explorador era convencer a los nativos de que abandonaran su vida “llena de penurias, para dedicarse al trabajo útil y que se les suministrarían herramientas, víveres, etc.” y “permitir a los cristianos que abriesen picadas para llegar a los yerbales, lo cual redundaría en el beneficio de ellos mismos”. Se entablo un dialogo en el que Moraes Dutra habría preguntado a los indígenas el motivo por el cual permanetemente huian del contacto con los exploradores y éstos le habrían respondido “porque vienen sin duda a hostilizarnos”. Para persuadirlos el explorador les dijo estar dispuesto a darle muestras de confianza a lo que el líder de los nativos respondió, “entonces tire su escopeta y no dé un paso adelante” y Dutra les sugirió que también tiraran sus arcos y flechas al dejar caer su escopeta, pero cuando lo hizo Maydana no procedió a realizar lo acordado volviéndose tensa la situación por un momento y cuando indagó el motivo, la respuesta fue “usted tiene todavía un arma” – en alusión al machete– ” (En: Fernández Ramos, 1935: 107-108)

El cacique fue conducido a Posadas donde lo agasajaron vecinos y autoridades, por tres meses en compañía de Fructuoso Moraes Dutra “en el único albergue con techo de paja que entonces existía en Itapúa” luego de ser “enviado por Goicoechea para presentar a Maydana, sometido, al Gobierno de la provincia”. Luego lo trasladaron a la ciudad de Corrientes donde los jefes de Gobierno le brindaron otra bienvenida y ascendieron al grado honorífico de capitán. Tal reconocimiento simbólico se debía a su contribución a los intereses de las élites correntina y local de Posadas que para recibir tales honores lo vistieron “con un uniforme militar oficial, que al no estar cortado a su medida, lo volvía sumamente torpe e incómodo para caminar” (Luchessi, 1936:11).

Las desavenencias habían desatado contradicciones al interior de la tribu que años atrás atacó y dio muerte a la expedición en la que se encontraba Bonifacio Maydana y sus padres cuando sólo era un niño de unos diez años de edad. Las negociaciones entre nativos y empresarios yerbateros provocaron una ruptura en la comunidad indígena, la cual por un lado amplió el intercambio de productos pero por otra parte introdujo nuevas necesidades en la comunidad– hachas, machetes, perros de caza– que la hacían dependiente del relacionamiento con las sociedades estatales y por ello el otro grupo se separó para permanecer aislado y trató de conservarse lejos de los yerbateros bajo el liderazgo del cacique “Fracrán”.

El pacto amplio el uso económico del espacio y la órbita de interés geográfico de los yerbateros posadeños que traspasaron las fronteras nacionales. Fue un paso vital para los empresarios – Juan y Francisco Goicoechea, Juan y Francisco Goicoechea los más claros exponentes de esa elite local del momento– que financiaron desde el Consejo Municipal expediciones a Tacurú Pucú, cercano a la actual ciudad de Hernandarias – al comerciante correntino Francisco Meabe se le atribuía el descubrimiento de tales yerbales que abandonó tras duras pérdidas – donde un buen número de yerbateros posadeños permaneció hasta 1897 cuando fueron expulsados por la Sociedad Industrial Paraguaya (Ambrosetti,1894).

Los empresarios irían sometiendo en los años siguientes paulatinamente a los indígenas a una organización de una producción capitalista que los transformó en “trabajadores del yerbal”. También sentaron las bases de un sistema económico extractivista que con los nuevos contingentes de trabajadores gestaron un comercio embrionario entre las poblaciones del Alto Paraná.

Puertos, picadas y caminos: su importancia en las comunicaciones por el Alto Paraná.

El enclave establecido en Puerto Piray estimuló el tráfico fluvial y la explotación yerbatera que abrió sus puertas en la costa argentina en una zona de influencia que se prolongó de Posadas a la desembocadura del río Iguazú. En la costa paraguaya – frente a Puerto Piray– también fue habilitado Puerto San Lorenzo tras descubrirse un inmenso yerbal en sus cercanías por los experimentados “sertonistas” – montaraces– Theodoro Gaspar y el “viejo Almeida”, (Luchessi, 1936). De ese modo fue conformándose un circuito regional que comunicó los nuevos yerbales a los “antiguos” del sur de Misiones, mas los existentes en los estados brasileños de Santa Catarina y Rio Grande do Sul.

La pacificación de los indígenas también fue un aliciente para los yerbateros de la cuenca del Alto Uruguay para establecerse en los pueblos de Santa Ana, Loreto y San Ignacio con sus familias, mulas de carga y perros de caza. En pocos años irían surgiendo en todo el Alto Paraná nuevos enclaves yerbateros estimulados por la demanda y el agotamiento de la materia prima en las zonas centro y sur misionera.

Los exploradores brasileños eran mayoritarios e introdujeron la lengua portuguesa la que rápidamente generalizó en su uso. Entre los más renombrados montaraces de la época también se contaban los de origen europeo como Theodoro Gazpar (alemán), Adamo Luchessi, Carlo Bosetti (italianos) pero sin embargo la abrumadora mayoría era de origen brasileño, de los que se destacaban Joaquín Aramburu, Felipe Tamareu cuyos descubrimientos fueron muy celebrados por la élite local y ganaron asi su prestigio social al ser reconocidos por estos como los “pioneros del Alto Paraná”. En su mayoría eran veteranos de la Guerra de la Triple Alianza “y por esa razón no omitían anteponer al propio nombre los grados militares obtenidos en el ejército” (Luchessi, 1936: 11).

Los viajes de exploración eran financiados mayorítariamente con fondos públicos del Consejo Municipal. Ello evidenciaba las conexiones entre el poder político- económico, así espacios de contacto común como la masonería local, donde Felipe Tamareu – comisario general de yerbales– además de socio de los hermanos Goicochea era al igual que éstos miembro de la logia Roque Pérez desde la creación de su sede local en 1879.

Las instalaciones portuarias del Alto Paraná en su gran mayoría eran improvisados atracaderos para embarcaciones a orillas de los cursos navegables sin instalaciones para resguardar cargamentos. Puerto Piray por décadas exhibió como única manifestación de “progreso” a los galpones de Faraldo & Cia., “para depósito de las yerbas que elaboran en los yerbales de San Pedro y que conducen allí […] en ese lugar “no hay ni una casa de negocio, nada absolutamente que indique que allí pueda formarse un núcleo de población” (Ambrosetti, 1892:110) .

El estimulo yerbatero incentivó a la élite local a financiar la apertura de “picadas mulateras” por el interior misionero – precarios caminos abiertos en la selva por donde sólo transitaban mulas o bueyes –“a fuerza de hacha y machete”. El río Paraná permitía acceder a San Pedro e interconectar la zona con otras picadas que iniciaban en Santa Ana y comunicaban a los parajes yerbateros de Ñú Guazú – actual Campo Grande–; en un tramo de unos cien kilómetros que desde allí partía a San Javier y conectaba por unos ochenta kilómetros a Ñú Guazú con San Pedro. En esos caminos – que actualmente son rutas provinciales –, la vegetación espesa impedía el acceso de los rayos del sol y dificultaba” que se sequen después de las lluvias” de modo que “con poco que sean transitadas se descompongan mucho mas” (Queirel, 1897:120).

La distancia aproximada entre Puerto Piray y San Pedro era de unos setenta y siete kilómetros y desde ese punto a Campiñas de Américo otros sesenta y nueve kilómetros hasta la población brasileña de Campo Eré, – por entonces en el limite con Brasil – donde otro camino “saliendo de Campo Grande se dirige a San Pedro, empalmando con la de Paggi” (Queirel ,1897:120- 121). La distancia de Piray a Campiñas de Américo – actual Bernardo de Irigoyen en la frontera actual con Brasil– era de unos ciento cuarenta y seis kilómetros.

Las “picadas” estimularon la formación de parajes vinculados al transporte de yerba mate procedente del interior de las Altas Misiones. Algunos de ellos persisten actualmente como Piray 18, kilometro 22, situados en cercanías de la actual ruta provincial Nº16, la antigua picada que comunicaba con San Pedro y Campo Eré. Los trayectos donde acampaban los yerbateros con sus animales de carga luego de recorrer durante el día para descansar en la noche en corrales o “repuntes” y quitarles las “bruacas” solian estar ubicados “cerca de alguna aguada y en sitios que, limitados por accidentes naturales, ofrezcan la seguridad necesaria para soltar las mulas, sin temor de que en la noche se alejen o extravíen en el monte” fuera de esos espacios “nada interrumpe durante leguas la selva (…) está por demás decir que por las picadas no transitan vehículos de ruedas, sino mulas” (Queirel ,1897: 221)

La precaria infraestructura de comunicación terrestre posibilitó la extracción de yerba mate pero muchas picadas eran abandonadas una vez agotados los yerbales, a pesar de lo cual algunas constituyeron la base de futuras rutas. Por esos caminos la “élite local” introdujo a los primeros peones y abrió el espacio sin promover el asentamiento de pobladores ya que el ciclo de trabajo era temporario y los peones contratados procedían principalmente de las ciudades de Posadas y Encarnación, donde debían regresar para conchabarse nuevamente.

Los vapores transportaban exclusivamente yerba mate hasta el puerto de Posadas promovida por una élite local que potenció esa explotación al ser complementaria con los intereses de los latifundistas ausentistas desde 1880 les arrendaban sus propiedades y obtenían rentas. Las líneas de vapores que fueron inaugurándose prestaban servicio en el transporte por el Alto Paraná atracando en diferentes puertos obrajeros de ambas márgenes hasta alcanzar el puerto paraguayo de Tacurú Pucú.

Por entonces navegaban el Alto Paraná entre Posadas y Tacurú Pucú “El San Javier y el Lucero de la Compañía La platense, hacen un viaje mensual cada uno y el Félix Esperanza, propiedad de don Juan Goycochea” hasta los saltos del Guayrá donde “La industrial paraguaya tiene grandes depósitos de yerba que explotan en sus inmensos yerbales”. Los naufragios eran frecuentes, uno de ellos se verificó muy cerca de la isla Caraguatay en una playa donde “los restos del vapor Teresa, que hace algunos años se estrelló contra ellas” luego de chocar “completamente en seco, abollado, abierto en varios puntos y cerca de él desparramadas las calderas y diversas piezas” (Ambrosetti, 1894: 54-55).

El desconocimiento de los peligros del rio provocó algunos naufragios que derivaron en perjuicios económicos que influyeron en el detrimento del liderazgo que habían alcanzado algunos representantes de la élite local en los primeros años de posguerra. El elevado costo de los fletes, sumado a la pérdida del principal medio de transporte motivó el abandono de algunos emprendimientos yerbateros - tal fue el caso de los hermanos Goicochea- a pesar de que la élite local había ocupado muy hábilmente espacios de poder burocrático en el Estado para posicionarse y defender sus intereses.

La década de 1880, vio florecer la privatización masiva de la tierra pública en los tres países del Alto Paraná y nuevas relaciones de poder reconfiguraron un entretejido de alianzas de la élite local con las élites centrales. El papel de la navegación fluvial seria clave para el ascenso del nuevo sector social donde intervinieron numerosos contratistas tercerizados por los grandes propietarios latifundistas ausentistas de la región.

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