barretRafael Barrett es un afamado autor de nacionalidad española pero que vino muy joven a la Argentina, luego fue al Paraguay donde se casó y se desempeñó como periodista principalmente; a él debemos maravillosos relatos de “lo que son los yerbales” y otras semblanzas de nuestra región. Su mirada rica en experiencia y conocimientos tomó nota de las particularidades de la idiosincrasia del nativo de estos trópicos.

Traemos hoy, no una investigación histórica sino una reflexión suya de hace más de un siglo que bien podría servir como criterio interpelador de actitudes que nos caracterizan aun hoy. Se trata de un artículo suyo publicado en el diario “Rojo y Azul” en 1907. Barrett observa, describe y reflexiona sobre una triste práctica que no pocas veces se mantiene en algunas ciudades de nuestra provincia.

"Que un advenedizo construya una casa, con el dinero rápidamente ganado en honradas y secretas operaciones comerciales, está bien. […]. Pero lo que hace estremecer es que declare: «Ahora voy a arrancar todos los árboles del entorno para que la propiedad quede linda».

…es necesario que se vea limpia, desnuda, con sus insolentes colores […] la fachada reluciente y tonta. Es necesario que se diga: «Esta es la casa nueva de Fulano, de ese que ahora está tan rico». Es necesario que pueda contemplarse sin obstáculos el monumento a la actividad de Fulano. Los árboles sobran; «quitan la vista». Y hay algo más que vanidad en el afán de pelar el suelo; hay odio, odio a los árboles.

¿Es posible? ¿Odio a los seres que, inmóviles, con los nobles brazos siempre abiertos, nos ofrecen sin cansarse jamás la caricia de su sombra, la fecundidad silenciosa de sus frutos, la poesía múltiple y exquisita que elevan al cielo? … Nuestro odio las condena. […]

¡Ay! No se trata de cultivar, sino de perdonar a los árboles. ¿Cómo aplacar a los asesinos? No hay sitio de los que he recorrido, en que no haya visto funcionar el hacha estúpida del propietario. Hasta los que nada tienen destruyen las plantas. Alrededor de los ranchos se extiende un árido yermo cada año mayor, que da miedo y tristeza. Según el adagio árabe, una de las tres misiones de cada hombre en este mundo es plantar un árbol. Aquí el hijo arranca lo que el padre plantó. Y no es por ganar dinero; no aludo a los que explotan las maderas.

Sería una explicación, un mérito; hemos llegado a considerar la codicia como una virtud. Aludo a los que gastan dinero en arrasar el país. Obedecen a un odio desinteresado. Y la inquietud aumenta cuando se nota que las únicas mejoras que se hacen en las plazas de la capital consisten en arrancar, arrancar y arrancar árboles.

Odio doblemente feroz en una comarca donde el verano dura ocho meses. Se prefiere el sol abrasador a la dulce presencia del árbol. Se diría que los hombres no son ya capaces de sentir, de imaginar la vida en los troncos venerables, que tiemblan bajo el hierro y se desploman con lastimero fragor. Se diría que no comprenden que también la savia es sangre y que sus víctimas se engendraron en el amor y en la luz. […]

[…] muy hondo ha de ser el mal de los que, en resignado mutismo, perdieron el cariño primero, el cariño fundamental que hasta las bestias sienten, el santo cariño a la tierra y a los árboles".[1]

Sobreviven, unos hermosos ejemplares de palo borracho, viven por ahora, le han dejado quizás un metro cuadrado de superficie de suelo alrededor de sus troncos, un gesto de solidaridad moral que los mantendrá en agonía quizás unos años más antes que mueran cocinados.

La antigua playa 'El Brete' poseía una frondosa arboleda y mucho césped, como la cancha del tiro federal, hoy sus sustitutos, hijos del progreso y la modernidad, son playones de cemento incandescente. Hemos llegado a tanto que lo que supo ser una plaza icono de encuentros culturales, el famoso “Teatro Griego” sobre la avenida Corrientes, de una frescura particularmente agradable se va a convertir en otro monumento al hormigón armado, llegando al punto que uno de sus “atractivos” será una torre de mallas de acero que contendrán escombros pero, me dirán, no son cualquier escombro, son los restos de lo que fuera el comedor universitario… debo hacer recordar que aquella edificación que el Municipio cediera a la Universidad por mucho tiempo fue antes un simple restaurante, llamado el Zeppelin, por lo que los escombros que tan originalmente han ideado erigir en torres, serán también del ex Zeppelin… sobra decir que no estamos en contra del monumentos a la “Memoria, la Verdad y la Justicia”, pero ¿era necesario resignar un espacio verde más de Posadas y convertirlo en otro núcleo emanador de calor para conmemorar estos valores tácitamente validos por si solos?

Posadas es la capital de la provincia más selvática de Argentina, su verde es lo que la identifica en el imaginario colectivo de sus visitantes, su selva, sus animales, sus cascadas, son íconos reiterados de sus campañas de promoción al turismo. Tenemos la suerte que aquí la vegetación crece sin mayor dificultad y nunca pasa desapercibida ante la mirada del visitante, a veces nos resulta gracioso ver en los parques nacionales y provinciales a los turistas sacándoles fotos a flores que para nosotros son comunes, a plantas que nuestras abuelas consideraban plagas o simples enredaderas… sacándoles fotos a los insectos que se agolpan en las luces, a las hormigas que les parecen ¡enormes!… a los pajaritos… esos pajaritos que cuando niños los buscábamos a la siesta y no precisamente con una cámara digital en la mano… y que mal que hicimos por cierto…

El turista que elije Misiones como destino, no le atrae las franjas y la porosidad del concreto, ni el brillo del metal de las esculturas, no viene a ver las presuntas “obras de arte” de hormigón y malla de acero… viene a ver el verde, a respirar aire puro, a refrescarse del calor reinante en las grandes ciudades en el verano… viene a ver nuestros verdes paisajes y los estamos volviendo cada vez mas grises. Basta mirar una imagen satelital de Misiones y observar que el contorno de la provincia se distingue en el verde de sus, cada vez más escasas, zonas selváticas… Con esta depredación estamos hipotecando el porvenir de nuestro mayor potencial, el mundo va hacía una revalorización de lo natural y ecológico, de lo saludable y sustentable para el medio ambiente y nosotros herederos de un patrimonio natural valiosísimo lo estamos despilfarrando, como los mensúes borrachos en un tienda de ramos generales se empeñaban ellos mismos a años de trabajos forzados a cambio de una noche de juerga…

Cuando entendamos esto vamos a comenzar a pensar un plan de desarrollo urbano más real, que dé soluciones y beneficios al misionero común, el habitante o el visitante que a pie circula por la ciudad, ese que ahora camina deprisa de un sitio con aire acondicionado hacia otro también con climatizado, porque afuera no se puede estar del calor, la falta de sombra y la sequedad del aire…

Guillermo Kaul Gündwald, era un lingüista reconocido que compartió disertaciones con Bajtín, tuvo diplomas honoríficos de universidades como Harvard, creó un estilo literario nuevo en la prosa mundial, el develacionismo poético; cuando conoció Misiones, como tantos otros, se enamoró perdidamente, al punto de dejar su cátedra para venir a vivir aquí y trabajar como docente secundario, durante décadas gastó más de lo que pudo de su magro salario en comprar libros de Misiones, escribió “Historia de la literatura misionera”, fue quien acuñó el concepto “portuñol” antes inexistente. Él supo decir en poesía: En “Misiones / acontece / casi / siempre / roja hacia abajo y hacia arriba / verde”[2]. Qué lejos estamos hoy de cumplir con la premisa Kauliana, “roja hacia abajo y hacia arriba verde”…

En Fracrán había arboles a la

mañana

al medio día, a la tarde, a la noche, al trópico a la

helada,

al viento, a la lluvia, bajo el código total de la

semana.

En Fracrán la Belleza colgaba a toda hora de las

ramas.

rebotaba contra el casco de la piedra

en pentagramas

de sol. Se santiguaba verde en la copa más

entusiasta

y azul se desnudaba en la catequesis del

agua.

En Fracrán Ca'a Yarí se afiliaba guaranítica a la

zafra

donde el monyolo que montó

Maidana

A la sapecadora del barbacuá de los hermanos

Escalada.

En Fracran Ca'a Yarí hoy llora su domingo de

esmeralda

devastado por el fuego cilíndrico de la

máquina

y llora desde el lunes. Ca'a Yarí llorando está desde México a

las Antártidas.

En Fracrán el Timbó del Pacto de la Selva, el árbol de la

esperanza,

el de la paz ya no existe, la oruga

metálica

muerte le dio a la

americana.

En Fracrán, al estarse a los que aun son

comarca,

a los que aun beben la claridad de la

mañana,

sólo vela el salmo inmóvil de unas pocas cruces

blancas.

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