Masacre de Oberá: verdades incómodas sobre la rebelión que el silencio no pudo enterrar

En marzo de 1936, Oberá era apenas un pueblo juvenil de nueve años de existencia, un enclave de inmigrantes europeos que habían llegado con el "sueño agrícola" a cuestas, solo para chocar con un muro de miseria y violencia estatal. Lo que debía ser un refugio de dignidad se convirtió en el escenario de una carnicería que hoy nos obliga a preguntarnos: ¿cuánto de ese "brillo" fue forjado sobre la sangre de quienes solo pedían pan y justicia?

En la profundidad de la selva misionera, el nombre “Oberá” resuena con una ironía dolorosa: en lengua guaraní, significa “el que brilla”. Sin embargo, la luz de este nombre proyecta una sombra que la historia oficial intentó ocultar bajo el cemento del progreso. En marzo de 1936, Oberá era apenas un pueblo juvenil de nueve años de existencia, un enclave de inmigrantes europeos que habían llegado con el “sueño agrícola” a cuestas, solo para chocar con un muro de miseria y violencia estatal. Lo que debía ser un refugio de dignidad se convirtió en el escenario de una carnicería que hoy nos obliga a preguntarnos: ¿cuánto de ese “brillo” fue forjado sobre la sangre de quienes solo pedían pan y justicia?

La construcción del “Enemigo Ruso”: El mito del ataque comunista

Para que el Estado pueda ejercer una violencia desmedida, primero debe deshumanizar a su víctima. En 1936, el gobierno de la Concordancia y la policía de Misiones perfeccionaron esta técnica. Lo que nació como un reclamo laboral legítimo por el precio del tabaco fue rápidamente etiquetado como una “invasión de inmigrantes rusos y comunistas”. Bajo el paraguas represivo de la “Sección Especial” —creada a nivel nacional para perseguir ideologías extranjeras—, la diversidad étnica de la colonia (suecos, finlandeses, polacos, daneses y alemanes) fue asimilada bajo el estigma del “Ruso” para justificar el castigo.
Pero hubo una etiqueta aún más insidiosa: la de “Intrusos”. El Estado no solo los llamó agitadores, sino que los categorizó legalmente como ocupantes ilegales de tierras fiscales para facilitar sus desalojos y despojos. El terreno estaba preparado: si eran intrusos y eran comunistas, la bala era la única respuesta oficial.
“El hecho fue oficialmente calificado como un ataque a la ciudad de Oberá, realizado por inmigrantes, calificados como «rusos» y «comunistas».”

La paradoja del impuesto: Yerba mate cara, colonos descalzos

La economía de 1936 era un engranaje de asfixia. Mientras la sequía devoraba los tabacales, la recién creada Comisión Reguladora de la Yerba Mate (CRYM) impuso una medida contraintuitiva: un impuesto de cuatro pesos por cada nueva planta de yerba mate, prohibiendo nuevas plantaciones para beneficiar a los grandes intereses. En este contexto de superproducción y hambre, la estadística se volvía carne en el relato de Vladimiro Lasciuk.
Él recordaba cómo su padre, tras vender diez kilos de maíz y poroto, regresó sin las alpargatas prometidas porque el dinero apenas alcanzó para cinco litros de kerosene. La matemática de la miseria era implacable: un par de alpargatas costaba 80 centavos, mientras que el pollo “más lindo” valía 50. Un colono debía vender más de un pollo y medio para calzar a un solo hijo. Por eso, los niños caminaban cinco kilómetros descalzos por el barro de las picadas para llegar a la escuela, mientras los impuestos de la CRYM seguían engrosando las arcas estatales.

Leandro Berón: El ascenso político a través de la traición

La figura de Leandro Berón representa el triunfo de la delación sobre la camaradería. Su ascenso no fue casual; fue una carrera construida sobre la deslealtad. Entre 1930 y 1933, Berón se infiltró en las filas de los radicales que resistían a la dictadura de Uriburu, ganándose la confianza de hombres como Lucas Torres para luego entregarlos. Esa “eficacia” represiva fue lo que le valió el cargo de Comisario local en 1936. Para el gobernador Carlos Acuña, Berón era un funcionario de “brillo y capacidad” que merecía el ascenso a la Jefatura de Policía; para los colonos, era el verdugo que comandó la emboscada contra quienes alguna vez lo llamaron “compañero”.
“Para nosotros… aquella deslealtad del compañero fue funesta. Para el gobierno triunfante, en cambio, fue una lealtad fructífera… le valió para llegar a la Jefatura de la Policía.”

“Quieta non movere”: La prensa como cómplice del olvido

Tras la matanza, se activó un pacto de silencio bajo la premisa latina Quieta non movere: no mover lo que está quieto. La prensa local, lejos de investigar, actuó como el perro guardián del olvido. En 1938, el periódico Oberá lanzó un ataque furibundo contra quienes intentaron conmemorar la masacre. El editorial no solo defendió a la policía, sino que ensalzó a los vecinos colaboradores —comerciantes “honestos”— que se unieron a la represión.
El periódico amenazó explícitamente a cualquier cronista que osara despertar la memoria, advirtiendo que actuaría como un “Tábano” listo para picar y hostigar a quien rompiera el silencio. Este mandato de censura social fue tan efectivo que los hechos permanecieron enterrados para la historiografía oficial hasta bien entrado el siglo XXI.

Basilicia Zaviski: El rostro de la brutalidad invisible


La asimetría de aquel 15 de marzo desmiente cualquier teoría de “enfrentamiento”. De un lado, la policía y civiles armados con fusiles y pistolas; del otro, colonos que llegaban esgrimiendo palos y ramas de los montes. El resultado fue una carnicería unidireccional: ni una sola baja entre las fuerzas represivas.
Entre las víctimas cayeron Nicolás Oyempamchuk, Nicolás Holiferchuk y Juan Melnik —quien ni siquiera participaba de la protesta—. Pero el nombre que más duele es el de Basilicia Zaviski, de tan solo 14 años. Su muerte simboliza la brutalidad de una fuerza policial que, según el testimonio de Alberto Bondarenko, actuaba bajo los efectos del alcohol, cometiendo violaciones y abusos contra las jóvenes colonas. “Chicas estropeadas que no podían caminar”, relata el cronista, describiendo una degradación humana que el “brillo” de Oberá prefirió ignorar por décadas.

Caminar recordando

Hoy, al cumplirse 90 años de aquel horror, la memoria ha comenzado a reclamar su lugar en la plaza Malvinas, allí donde antes funcionaba el cementerio y hoy se levanta un mural evocativo. Actividades como la caminata histórica “Caminar Recordando” demuestran que la identidad de Misiones no puede sostenerse solo sobre el mito del colono exitoso y agradecido; debe integrar también la historia de sus mártires rurales. Reconocer la Masacre de Oberá es un acto de justicia hacia la dignidad de quienes, empujados por el hambre, se atrevieron a desafiar al poder.
Pregunta final: ¿Cuántas otras historias de dignidad y lucha permanecen aún bajo el mandato del “Quieta non movere” en los rincones olvidados de nuestra geografía?

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