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una investigación histórica reciente (La estancia grande de Itapúa. 2023) nos cuenta una versión mucho más vibrante y continua. Lo que comenzó como una crisis de recursos y salud dio paso a la consolidación de uno de los primeros complejos ganaderos imponentes de la Cuenca del Plata luego conocidos como “las estancias jesuíticas”. Lejos de ser un vacío, la margen izquierda del Paraná se transformó en un motor económico que garantizó la presencia humana ininterrumpida mucho antes de la urbanización moderna.
Antes de entrar de lleno en ese periodo hay que señalar que la historiografía (los libros de historia) afirman, y con justa razón, que esa primera reducción que iniciara Roque González de Santa Cruz en 1615 en lo que hoy es Posadas, se trasladó a la otra margen del río en 1621, basándose en una carta anua escrita por Diego de Boroa ese año, en la que cuenta que habiendo cruzado el río inició la construcción de las casas y las huertas en el margen derecho del Paraná donde hasta hoy aquella ciudad lleva el nombre de la reducción original “Encarnacion”. De ello infieren que desde entonces el territorio de nuestra actual ciudad capital permaneció despoblado, porque la primera alusión a esa fuente, que hace Guillermo Furlong cita solo un fragmento de la carta de Boroa, transmitiendo los siguiente:
Solo seis años estuvo esta Reducción de Itapúa en territorio actualmente argentino, después de su fundación, ya que, en 1621, por diversas razones, fue trasladada al norte del Paraná y ubicada donde se halla al presente la ciudad paraguaya de Villa Encarnación. Escribía después el Padre Boroa: Pasamos de esta banda del Paraná a buscar punto para la reducción, y Nuestro Señor nos [la] deparó tal cual se puede desear, de alegre vista, de muchos montes y de excelentes pesquerías, y más sano que el de la otra banda. (Furlong, 1962, p.150.)
Esa idea deslizada por Furlong en la década de 1960 “Solo seis años estuvo esta Reducción de Itapúa en territorio actualmente argentino” influenció fuertemente en la historiografía, dejando la idea que poco más de un lustro fue la permanencia guaraní jesuítica en el territorio hoy Posadeño. Aquella frase del p. Boroa citada por Furlong “pasamos [a la otra] banda a buscar punto para la reducción” escrita en la anua de 1621 acarreó una interpretación que se extendió hasta nuestros días sosteniendo la creencia errónea que pasando el asentamiento a la costa vecina el territorio se despobló.
Pero si la leemos en su totalidad ya en ese entonces el jesuita afirma “estar yo solo de esta banda porque el P. Tomas de Ureña también lo estaba de la otra” y afirma además que otros religiosos permanecían en la margen izquierda (Hoy Posadas), dice “Volvieronse el p. Francisco del Valle y p. Pedro Bosschere al pueblo, habían veni[do] para ver el puesto”. Al mismo tiempo que Boroa dejaba asentado que inició el traslado también nos dejaba saber que en el sitio original del asentamiento aún permanecían religiosos y naturales cuando afirma “estar yo solo de esta banda porque el P. Tomas de Ureña también lo estaba de la otra”
Entonces por un lado existe un relato muy arraigado en el imaginario local que sugiere que el territorio de la actual Posadas permaneció en un silencio histórico tras el traslado a la orilla hoy paraguaya en 1621 de la misión jesuítica fundada por Roque González en 1615.
Sin embargo, por otro lado, una investigación histórica reciente (La estancia grande de Itapúa. 2023) nos cuenta una versión mucho más vibrante y continua. Lo que comenzó como una crisis de recursos y salud dio paso a la consolidación de uno de los primeros complejos ganaderos imponentes de la Cuenca del Plata luego conocidos como “las estancias jesuíticas”. Lejos de ser un vacío, la margen izquierda del Paraná se transformó en un motor económico que garantizó la presencia humana ininterrumpida mucho antes de la urbanización moderna.
El traslado de la reducción de Nuestra Señora de la Anunciación de Itapúa hacia la margen derecha (la actual Encarnación) entre 1620 y 1621 no fue una retirada, sino una reconfiguración estratégica. La mudanza fue forzada por el agotamiento del suelo basáltico —demasiado superficial para la agricultura intensiva— y una crisis de suministros básicos.
La zona original se había vuelto insalubre y una peste había asolado a la población durante los últimos años previos al traslado. El nuevo sitio en la orilla opuesta era considerado ‘más sano’ que el anterior.
Para 1620, la reducción era víctima de su propio éxito, no dejaban de llegar naturales a sumar población al amparo de los jesuitas, y la presión demográfica generaba una tormenta perfecta: pestes asoladoras, el agotamiento de la leña y una capa de suelo fértil tan delgada que las sementeras no daban más de sí. La decisión de mudar el asiento principal del pueblo (la iglesia, las viviendas) a la orilla opuesta —la actual Encarnación— fue un movimiento táctico, no una retirada.
Mientras la margen derecha se especializaba en la agricultura y la vida urbana, la margen izquierda (Posadas) se reinventó inmediatamente como la Estancia Grande. Los jesuitas comprendieron que la geografía de “pastos bajos” y los arroyos que funcionaban como cerramientos naturales eran el escenario perfecto para la ganadería extensiva. Fue una metamorfosis: de centro misional a gigante pecuario, dictada por la resiliencia de una tierra que se negaba a quedar en el olvido.
Lo que era ineficiente para el arado resultó ser un paraíso para la ganadería. La transición fue asombrosamente rápida: apenas seis años después de la mudanza, en 1627, las Crónicas ya mencionan la “Vaquería de San Antonio” operando en el actual suelo posadeño. Este dato es el primer gran golpe al mito del abandono, demostrando que la ocupación productiva de la margen izquierda se mantuvo firme apenas se retiraron los sencillos ornamentos de la iglesia principal.
La Estancia Grande de Itapúa no era un campo abierto y desolado, sino un paisaje intervenido con sofisticación técnica y religiosa. Cada “puesto” de la estancia era un asentamiento organizado de trabajadores que reflejaba una vida dedicada a la producción de proteínas cárnica pero los religiosos no dejaron de lado la evangelización de estos peones. Seguramente la infraestructura existente era la siguiente:
Esta infraestructura demuestra que la estancia era una extensión funcional de la misión, un espacio donde la técnica y la fe convivían bajo el sol del campo.
La investigación demuestra que el “espacio vacío” resultó tener tres puestos de estancia y más de 40mil cabezas de ganado vacuno y otros tantos que se cuentan por miles, concretamente la revelación es que en este sitio funcionó “la Estancia Grande de Itapúa” prácticamente desde el traslado del asiento principal de la reducción hasta muy probablemente los albores del S XIX.
El éxito de la estancia se basaba entre otras cosas en el sistema de Tupambaé, un modelo de propiedad comunal que hoy calificaríamos como un sistema de seguridad social de vanguardia.
El Tupambaé consistía en campos de cultivo y estancias ganaderas que pertenecían a toda la comunidad… los frutos y beneficios se utilizaban para socorrer a los necesitados: enfermos, viudas, huérfanos y desvalidos.
A diferencia de la propiedad individual, los beneficios de la Estancia Grande no enriquecían a la Orden, sino que sostenían el bienestar público, financiaban la infraestructura de los templos y servían de reserva alimentaria para otros pueblos en crisis. Este sentido de comunidad fue el pegamento social que mantuvo la cohesión de la población indígena en la zona durante casi dos siglos.
La Estancia Grande no era una empresa privada ni buscaba el lucro individual; era el corazón del Tupambaé (del guaraní Tupá: Dios y mbaé: cosa), que incluía sembradíos de todos y “Hacienda de todos”. Este sistema de propiedad comunal obligaba a los habitantes a dedicar días de trabajo al “común”, pero a cambio, el ganado de la estancia sostenía una red de seguridad social asombrosa para su época.
Los excedentes no solo alimentaban a huérfanos, viudas y enfermos, sino que el Tupambaé era la maquinaria económica que pagaba los tributos reales a la Corona y financiaba las complejas misiones comerciales a centros lejanos. Era una economía de bienestar tres siglos antes de que el concepto se formalizara, desafiando nuestras nociones modernas sobre la gestión colectiva y la solidaridad.

La escala de esta operación era monumental. El inventario de 1768, tras la expulsión de los jesuitas, funciona como la prueba cuantitativa definitiva contra el mito de la “tierra de nadie”. La estancia contaba con 40.200 cabezas de vacunos, además de 12.000 caballos, mulas y ovejas repartidos en tres puestos principales.
La escala de la Estancia Grande era masiva, y la prueba definitiva de su especialización reside en un detalle técnico del inventario realizado tras la expulsión de los jesuitas en 1768. Mientras que la “Estanzuela” del lado del pueblo (Encarnación) contaba con 2.287 bueyes —animales de tiro indispensables para el arado y la vida urbana—, la Estancia Grande en Posadas apenas tenía 24. Esta disparidad es la “evidencia reina”: un lado era el huerto y la ciudad; el otro era el campo dedicado exclusivamente a la cría de ganados, con bueyes solo para la mantención de chacras cultivadas en pequeña escala, para el auto abastecimiento de los peones de la estancia.
El inventario de 1768 revela un patrimonio asombroso de más de 50.000 animales en esta margen izquierda del río Paraná, hoy Posadas:

La vida humana en este complejo está documentada en nombres propios, como el del Hermano Diego Vidal, un “hermano estanciero” que falleció aquí en 1699 tras un accidente laboral en la estancia, confirmando la presencia de personal estable y jerarquizado, fuentes jesuíticas estiman que una estancia de esta envergadura no podía tener menos de 100 peones que considerando la composición promedio de las familias de los mismos en aquella época arroja un estimado de entre 400 y 500 habitantes estables.
Gestionar este imperio requería una infraestructura de vanguardia. Se levantaron pircas (muros de piedra apilada) y se diseñaron “Brete” y “tajamar” —compleja obras hidráulicas para asegurar el agua al ganado— que aún hoy pueden rastrearse en la geografía y la toponimia local. Se aprovecharon también los “rincones” naturales, donde los recodos del río y los arroyos servían de límites infranqueables.
La conexión entre ambas orillas era constante y estaba aceitada por una logística precisa. El denominado “Puerto de Santa Cruz”, situado estratégicamente en lo que fuera conocido como la Laguna San José, era un nodo central. Allí operaba una flota de 20 canoas exclusivas dedicadas únicamente al cruce del Paraná, garantizando que el flujo de personas y bienes no se detuviera. Este tránsito incesante de bienes y personas entre ambas orillas posiciona a la actual Posadas como un nodo logístico vital desde el siglo XVII.
La Estancia Grande de Itapúa fue el eslabón que garantizó la continuidad histórica de nuestra historia local desde su fundación hasta inicios del S XIX. El sistema comunal del Tupambaé resistió hasta que las reformas del Virrey Avilés en 1799 buscaron extinguirlo para dar paso a la propiedad individual, proceso que se concretó en septiembre de 1800 con la entrega de tierras y ganado a las familias de Itapúa.
Este tránsito de lo colectivo a lo individual marcó el fin de una era, pero no el fin de la ocupación. Al caminar hoy por la “Bajada Vieja”, el “cerro pelón” o donde fuera la ex “Estación de trenes”, las orillas de la desaparecida Laguna de San José, el barrio “el tajamar” o lo que fuera también un barrio y hoy es una playa “el Brete” debemos recordar que no estamos en una ciudad nacida de la nada, sino sobre los cimientos de una potencia ganadera que supo transformar la adversidad en un sistema de vida solidario. Estancia que se asentó sobre lo que fuera una reducción o Misión, la primera Misión de lo que después fue conocido como “Misiones” justamente por la abundancia de poblaciones de este tipo. Reducción esta que a su vez se asentó sobre las aldeas de Terapua Añapese y Ñamandú, los caciques o “mburubichas” que fueron quienes permitieron a Roque Gonzalez permanecer entre ellos y lo ayudaron a levantar la cruz “donde nunca antes hombres blancos habían llegado”
Hoy los posadeños caminamos sobre las huellas de un antiguo gigante agropecuario. Bajo el asfalto de la moderna Posadas, bajo sus edificios y el pulso de su costanera, subyace un pasado que desafía la narrativa del desierto demográfico. Aquella creencia arraigada de que, tras el traslado de la misión en 1621, estas tierras quedaron en un silencio absoluto hasta el siglo XIX. Es nada más lejos de la realidad. Lo que hoy es la capital de Misiones fue, durante casi dos siglos, un pulmón económico y un motor alimentario para los naturales de la región: una de las potencias ganaderas más sofisticadas. No era un vacío; eran 50.000 cabezas de ganado sosteniendo un experimento social sin precedentes hasta entonces.
La Estancia Grande se desmembró, pero su huella es el ADN invisible de Posadas, la configuración actual de nuestra capital, su relación con el río y su resiliencia no nacieron de la nada hacia 1830 con la ocupación paraguaya; son la herencia directa de aquel gigante pecuario que dominó la margen izquierda por más de siglo y medio. Hoy, “punta de piedra” sigue allí, recordándonos que Posadas no fue un desierto, sino el centro de una exitosa experiencia socio económica única en la historia de América.
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