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La historiografía argentina ha padecido históricamente de una macrocefalia crónica. Agrandando en importancia lo sucedido en la Capital en detrimento de los hechos históricos que tuvieron como escenario las provincias alejadas del centro político administrativo. Bajo este centralismo porteño, el relato del pasado suele detenerse en la Avenida General Paz, relegando a las provincias del interior mediterráneo a una nota al pie
La historiografía argentina ha padecido históricamente de una macrocefalia crónica. Agrandando en importancia lo sucedido en la Capital en detrimento de los hechos históricos que tuvieron como escenario las provincias alejadas del centro político administrativo. Bajo este centralismo porteño, el relato del pasado suele detenerse en la Avenida General Paz, relegando a las provincias del interior mediterráneo a una nota al pie. Sin embargo, en la selva misionera —la Tierra Colorada— también se libraron batallas, más silenciosas, pero igualmente feroces. Mientras las luces de la capital capturaban la escena nacional, en el noreste argentino el terrorismo de Estado adoptó formas únicas, dictadas por la humedad del monte y la geografía del aislamiento. Para entender el “Nunca Más” en toda su dimensión, es imperativo descifrar cómo el horror se mimetizó con el paisaje de la frontera, ensañándose con aquellos que la historia oficial suele olvidar.

Momento en que en lamadrugada del 24 de marzo de 1976 las fuerzas armadas irrumpen en casa de gobierno de la provicia de Misiones y obligan al gobernador electo Alterach a firmar su renuncia, a lo que el gobernador se niega diciendoles que él no renunciaba sino que era destituido por la fuerza.
A diferencia de las grandes urbes donde la represión buscó en algunos casos desarticular guerrillas, en Misiones el blanco principal fue el colono. El “objetivo de guerra” no portaba uniformes ni armas, sino azadas y reclamos por precios justos. El Movimiento Agrario de Misiones (MAM) y las Ligas Agrarias se convirtieron en el foco de una cacería humana sistemática. El “delito” de estas familias era profundamente social: organizarse para que el té, la yerba mate y el tabaco no fueran sinónimos de miseria.
Esta maquinaria de terror no operó en el vacío; se nutrió de una traición sistémica. Grandes empresas yerbateras y tealeras —con el Establecimiento Las Marías como caso emblemático— actuaron en complicidad directa con el régimen. Su personal jerárquico no solo “marcaba” las viviendas de los delegados sindicales, sino que facilitaba vehículos e instalaciones para ejecutar secuestros. Fue un disciplinamiento de la clase trabajadora orquestado desde los directorios empresariales, transformando las chacras de paz en escenarios de una guerra desigual.

Una de las mayores singularidades misioneras fue su firme rechazo a la lucha armada en democracia. Mientras otros sectores pasaban a la clandestinidad, la militancia regional apostó por la vida y el voto. En 1975 nació el Partido Auténtico, una estructura que defendió la conquista del poder mediante las urnas, logrando dos bancas en la Legislatura provincial en un triunfo de legitimidad popular.
Este movimiento estuvo liderado por figuras con una calidez humana que desarmaba el discurso militar. Juan “Negro” Figueredo —maestro y dirigente de ATE que se oponía frontalmente a la burocracia sindical tradicional— junto a los llamados “Tres Mosqueteros” (Figueredo y los “Colorados”, Arturo Franzen y Juan Mariano Zaremba), personificaron una mística de la alegría. De ellos se recuerda que eran capaces de contagiar esperanza; en sus vidas, el pesimismo y el mal humor simplemente no existían. Incluso rodeados por el asedio de la Triple A y el posterior golpe, estos líderes mantenían la sonrisa como un acto de resistencia, demostrando que la política, en su estado más puro, es un ejercicio de felicidad colectiva.

La infraestructura del terror en Misiones fue precaria, improvisada y, por lo mismo, aterradora. Más allá de sitios fijos como “La Casita de Mártires” o “La Casita del Rowing” en Posadas, el monte fue el escenario fundamental donde se instalaron campamentos transitorios, se secuestró, torturó y violó, en plena selva, por ejemplo, a orillas del arroyo Acaraguá. En síntesis, se vulneraron todos los derechos humanos, las garantías de la ley que en teoría controlan los procesos con los que se detienen a personas que incumplen la ley, y ahí está la clave, quienes eran detenidos, más bien secuestrados, no eran delincuentes, de haberlos sido en cualquier momento hubieran sido apresados juzgados y sentenciados, pero no lo eran, eran activistas sociales, personas que buscaban el bienestar de su comunidad, precios justos para su producción, legalización de la tenencia de sus chacras, educación para los niños, etc. En resumen, querían construir un sistema de justicia social para todos.
Lugares como “El Quincho” o las propias viviendas de las víctimas fueron ocupados militarmente para torturar a los productores frente a sus familias. El impacto psicológico era absoluto: el aislamiento del monte, sumado a la supresión de la identidad, buscaba quebrar no solo el cuerpo, sino el vínculo del colono con las causas fundamentales de su lucha, la justa remuneración por su producción, la dignidad de su trabajo y su tierra.
El símbolo máximo de esta resistencia fue Pedro Orestes Peczak, el “Cosaco”. Líder del MAM y hombre de la tierra, se negó rotundamente al exilio con la terquedad ética de quien no abandona a su gente. Su captura fue un trofeo de guerra: fue exhibido atado a un árbol en el Escuadrón de Gendarmería de Oberá, como si de una fiera se tratase, mientras la radio local cínicamente invitaba a la población a verlo.
Su final expuso la crueldad más descarnada del régimen. Fue asesinado en un supuesto “enfrentamiento” fraguado, pero la verdad emergió en el funeral. Su familia recibió un ataúd sellado con chapa y un pequeño vidrio; a través de ese cristal, vieron el rostro de Peczak desfigurado, con la mandíbula y un ojo hundidos por los golpes. Su cuerpo estaba acribillado por balas post-mortem, una prueba irrefutable de que no hubo combate, pues las heridas no presentaban rastro de sangre. El “cosaco” murió bajo tortura, pero su imagen en ese vidrio se convirtió en un testamento de dignidad.

Las Madres del interior rompieron el “silencio doblemente doloroso”. Germania Escobar y Felisa Bogado resistieron sin acceso a medios porteños ni organismos internacionales. Germania, madre de “Pelo” y “Pelito”, enfrentó a los militares que una noche irrumpieron en su casa buscando a sus hijos acusándolos de terrorista: “No señor, mis hijos no son terroristas, son Peronistas” les respondió. Su lucha no terminó ahí; durante siete años recorrió cárceles desconocidas en todo el país, cofundó las “Madres de la Plaza 9 de Julio” en Misiones y terminó parada en silencio frente a Villa Devoto con un cartel que reclamaba la libertad de sus hijos. Esa firmeza, nacida en la humildad de los barrios y las chacras, fue la que finalmente derrotó a la dictadura.
Doña Felisa Bogado la madre de los jóvenes militantes Graciela y Luis Arturo Franzen, quienes fueron víctimas del accionar represivo (Arturo fue asesinado en la Masacre de Margarita Belén y Graciela fue secuestrada, torturada y forzada al exilio).
Es también la personificación del dolor y la resistencia de las “madres del interior” en la provincia de Misiones. Ella enfrentó la tragedia de perder a sus hijos padeciendo en carne propia el silencio y el desarraigo, pero permaneciendo con firmeza en su humilde hogar de toda la vida, reclamando justicia.
La historia tiene una enorme deuda pendiente con mujeres como Felisa y Germania entre muchas otras, ya que, a diferencia de las organizaciones de madres en la capital del país que lograron acceder a los medios de comunicación y a la mirada de los organismos internacionales, ellas y las otras madres misioneras tuvieron que sufrir y resistir en un “silencio absoluto” despojadas de micrófonos cámaras o siquiera megáfonos que le ayuden a propalar su reclamo, marginadas y sin el reconocimiento inmediato del Estado o del resto del mundo.
La memoria histórica no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesaria protección de la MEMORIA, la VERDAD y la JUSTICIA también en la Tierra Colorada como en las grandes urbes, recordándonos aquel compromiso social de esos militantes MISIONEROS DESAPARECIDOS, es la raíz del árbol del bienestar del que hoy todos queremos disfrutar de sus frutos y del amparo de su sombra.
A continuación, solo unos pocos y breves relatos de personas concretas que sufrieron la dictadura en Misiones
Fue una docente de la localidad de Oberá y una activa militante peronista, considerada uno de los rostros visibles de la tendencia revolucionaria en Misiones durante la década de los setenta.

Sus allegados la describen como una mujer de “carita de criolla”, muy amable, solidaria y profundamente comprometida con las luchas y reivindicaciones de sus vecinos. Quienes la conocieron la recuerdan como una verdadera luchadora social y un ejemplo de vida.
Con el inicio del golpe cívico-militar en marzo de 1976, Susana se convirtió en un blanco de la inmediata persecución de las fuerzas represivas. Durante su etapa en la clandestinidad, buscó asilo en las chacras de las familias rurales. La colona Lucrecia Witkaluk, quien le dio refugio en su casa, relató una conmovedora anécdota: para el Día de la Madre, le hizo llegar unos dulces caseros a su escondite en la selva. A modo de agradecimiento, Susana y Matilde Zurakoski (esposa del dirigente Pedro Peczak) le enviaron un arreglo floral hecho a mano con flores y materiales del monte que las cobijaba.
Susana compartía estos precarios campamentos clandestinos junto a Peczak y otros compañeros. Cuando el Ejército y los grupos de tareas rodearon las chacras en la zona de Pindaytí buscando capturarlos, se vieron obligados a abandonar su refugio y huir caminando por los arroyos para no dejar rastros.
Lamentablemente, Susana fue finalmente capturada, sometida a torturas y asesinada. Para justificar sus acciones aberrantes, el Ejército fraguó un falso enfrentamiento armado en una zona de cerros, declarando que Susana Ferreyra, Pedro Peczak y un hombre de apellido Samudio habían muerto en combate. Esta fábula fue utilizada por los militares para tildarlos públicamente de guerrilleros violentos y encubrir su asesinato. Su cuerpo sin vida fue entregado a sus familiares a mediados de diciembre de 1976
Fue un maestro, dirigente del gremio estatal ATE y uno de los referentes más emblemáticos e indiscutidos del peronismo revolucionario en Misiones.
A fines de 1972, mientras era estudiante del Instituto Superior del Profesorado, fue designado delegado electoral de la Juventud Peronista (JP) Regional IV. En clara oposición a la burocracia sindical tradicional, Figueredo impulsó la creación de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP). Quienes lo conocieron destacan su enorme calidad humana y su capacidad para comunicarse con una sencillez y profundidad admirables, lo que le valió el respeto, el afecto y la lealtad incondicional de obreros rurales, trabajadores de la madera, matarifes, estudiantes y maestras.

En 1975, su compromiso social y político lo llevó a postularse por la alianza del Partido Auténtico, resultando electo como diputado provincial junto a Pablo Fernández Long. Desde su banca legislativa, Figueredo asumió el rol de recorrer incansablemente el interior de la provincia para recolectar de primera mano las necesidades y reivindicaciones más urgentes de la población, información que luego servía como base para elaborar proyectos de ley en favor de los sectores populares.
Con el golpe cívico-militar de marzo de 1976, Figueredo se convirtió en un blanco prioritario de las fuerzas represivas y tuvo que pasar a la clandestinidad. Durante varios meses logró eludir la captura refugiándose en campamentos precarios ocultos en las chacras de colonos solidarios (como en la finca de la familia Grumwel en Campo Viera), donde otros compañeros le acercaban mercaderías de noche para que pudiera sobrevivir.
Lamentablemente, fue capturado en la zona de Campo Viera, donde fue asesinado y su cuerpo hecho desaparecer poco tiempo después. Hoy en día, quienes militaron a su lado lo recuerdan como uno de los luchadores sociales más representativos y consagrados a la defensa de los derechos del pueblo misionero
Fue, sin duda, uno de los dirigentes más queridos, respetados y emblemáticos del Movimiento Agrario de Misiones (MAM). De orígenes humildes e hijo de los inmigrantes Cirilo Peczak y María Derkach, era un auténtico trabajador de la tierra que se ganaba la vida cosechando té junto a su hermano Enrique.
Su historia de liderazgo y tragedia se puede resumir en los siguientes puntos clave:
En 1971, Peczak fue elegido delegado del Núcleo de Base de Los Helechos y, a principios de 1972, asumió como Secretario General del MAM. Se destacó por ser un líder natural con una oratoria magnética; sus palabras, su lenguaje sencillo de colono y su profunda convicción contagiaban esperanza a miles de agricultores. A través de numerosos editoriales en el periódico Amanecer Agrario, Peczak instaba a los trabajadores rurales a organizarse, luchar por la justicia social, reclamar precios justos y enfrentar abiertamente a los grandes monopolios que los explotaban.
Comprendiendo que la lucha gremial no bastaba para erradicar las injusticias estructurales, Peczak y otros dirigentes decidieron llevar sus reclamos al ámbito político institucional. En 1975, se presentó como candidato a vicegobernador de Misiones por el Partido Auténtico (en la fórmula Puentes-Peczak).
Ante el inminente golpe de Estado cívico-militar de 1976, muchos compañeros y familiares le rogaron que se exiliara en Brasil o Paraguay para salvar su vida. Sin embargo, Peczak —a quien sus allegados apodaban “Cosaco” por lo terco— se negó rotundamente a abandonar a los suyos. Decidió quedarse en Misiones para organizar la resistencia desde la clandestinidad, refugiándose en precarios campamentos ocultos en el monte, siempre acompañado por Matilde Zurakoski, una joven con la que se había casado apenas unos meses antes, en enero de 1976.

Peczak se convirtió en uno de los blancos más buscados por las fuerzas represivas. Finalmente, a fines de 1976, fue capturado. Las fuerzas armadas celebraron su detención como un gran triunfo; de hecho, la radio local LT13 invitaba cínicamente a la población a acercarse al escuadrón de Gendarmería en Oberá para ver al “león” que había sido capturado y exhibido atado a un árbol.
Fue sometido a torturas inimaginables y, en diciembre de 1976, el Ejército fraguó un supuesto “enfrentamiento” armado en la zona de Apóstoles para justificar su asesinato. Su cuerpo fue entregado a la familia días antes de la Navidad en un ataúd sellado con chapa y un vidrio. Sus familiares pudieron ver a través de ese cristal que su rostro estaba desfigurado a golpes (tenía la mandíbula y un ojo hundidos) y su cuerpo había sido acribillado a balazos post-mortem, ya que sus heridas no presentaban sangre.
Quienes lo conocieron lo recuerdan hasta hoy como un hombre pacífico, sencillo y solidario; un verdadero cristiano que entregó su vida por la dignidad de los humildes.
Las historias de los hermanos Graciela y Luis Arturo Franzen son un claro y doloroso reflejo de la persecución a la juventud militante y a familias enteras durante el terrorismo de Estado. Ambos compartían un fuerte compromiso social y padecieron la crueldad de la represión, aunque con desenlaces diferentes.
Arturo “Colorado” Franzen Arturo era un joven alegre, de profunda vocación solidaria. Había ingresado muy joven al Seminario de Fátima con la intención de ser sacerdote, pero luego decidió trabajar como mensajero en el Correo para ayudar a su familia y continuar sus estudios de Ingeniería Química. Allí inició su actividad gremial y se convirtió en un destacado dirigente de la Juventud Peronista (JP). Arturo fue detenido en agosto de 1976 y llevado a la Brigada de Investigaciones de la Policía del Chaco, que funcionaba como centro clandestino. Su hermana Teresa pudo visitarlo una última vez en ese lugar; cuando intentó abrazarlo, Arturo le pidió: Abrazame despacio, me duele todo”, evidenciando las salvajes torturas que recibía a diario. El 13 de diciembre de 1976, con apenas 24 años, Arturo fue asesinado junto a otros compañeros en lo que se conoció como la Masacre de Margarita Belén, en Chaco. Las fuerzas armadas intentaron encubrir los fusilamientos diciendo que habían muerto en un “enfrentamiento”. Sin embargo, cuando la familia logró que le entregaran el cuerpo cuatro días después, Teresa constató que Arturo no presentaba marcas de disparos, pero le faltaba una parte de la nariz, una prueba innegable de los tormentos sufridos. Sus restos fueron inhumados en Posadas.

Graciela Franzen además de trabajar en la Dirección de Ganadería, estudiaba y militaba junto a su hermano mayor en la Juventud Universitaria Peronista (JUP), realizando tareas sociales en los barrios. Tras el golpe de Estado de 1976, Graciela fue secuestrada. Fue encerrada, vejada y torturada con los ojos vendados por un grupo de policías. El horror tuvo para ella un componente adicional: entre sus verdugos se encontraba un joven oficial que era un conocido. Apenas fue liberada, y ante el profundo impacto por el asesinato de su hermano Arturo, Graciela huyó exiliada a España por temor a volver a ser detenida. Allí formó una familia. Con el retorno de la democracia, Graciela volvió a Misiones y se convirtió en una referente de los Derechos Humanos, trabajando en el INADI y en la Secretaría de Derechos Humanos.
El testimonio histórico relata un episodio estremecedor, años después, ya en democracia, Graciela visitó a su antiguo victimario, JCR, quien se encontraba postrado en silla de ruedas. Al entrar, Graciela aspiró el mismo “olor del desagradable perfume” que el oficial usaba durante las sesiones de tortura décadas atrás. Pese a la repugnancia, su respuesta no fue la venganza, sino la búsqueda de la verdad: pidió información sobre el paradero de los desaparecidos para brindarles una sepultura cristiana. El represor, humillado y frente a su familia, respondió con evasivas diciendo que no sabía nada, mostrando la miseria de su silencio frente a la elevación espiritual de Graciela.
Era un joven de 17 años que militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) en 1976. Su historia y la de su familia representan un claro ejemplo del ensañamiento del terrorismo de Estado, pero también de la inquebrantable resistencia familiar, encarnada fundamentalmente en la figura de su madre, Germania.
Pelito provenía de una familia humilde del barrio Usina de Posadas, conformada por su padre Estanislao (un trabajador albañil), su madre Germania (una inmigrante paraguaya de origen muy humilde), su hermana mayor Elsa y su hermano “Pelo” (21 años). Poco tiempo después de iniciado el accionar represivo, unos treinta efectivos armados y vestidos de civil irrumpieron violentamente en su hogar. Durante el operativo, esposaron, golpearon y apretaron a su padre Estanislao para obligarlo a confesar el paradero de sus hijos. Fue en ese dramático momento cuando el oficial a cargo increpó a su madre diciéndole que sus hijos eran “terroristas asesinos”. Germania, lejos de amedrentarse o guardar silencio, lo enfrentó cara a cara: “no señor, mis hijos no son terroristas, son Peronistas…”.
Para octubre de 1976, Pelito y su hermano Pelo eran intensamente buscados. La dictadura había empapelado lugares públicos de Posadas (correos, comisarías, puerto y terminales) con carteles de grandes dimensiones que mostraban sus fotos junto a la leyenda: “Enemigos de la Patria. Colabore con su detención”. Acorralados por esta campaña, muchas amistades les dieron la espalda por terror, dejándolos en la calle y casi sin un centavo para sobrevivir.

Frente a la desesperación, compañeros de las Ligas Agrarias organizaron una operación para trasladarlos y esconderlos en los montes del interior de la provincia. Los encargados de rescatarlos eran los dirigentes agrarios Enrique Peczak y Alberto “Negro” Bajura. Sin embargo, el rescate fracasó porque Peczak y Bajura fueron detenidos 24 horas antes de la cita. A pesar de ser salvajemente torturados durante todo un día para que revelaran el punto de encuentro, ambos resistieron y dieron un dato falso, preservando la vida de Pelito y su hermano. Al quedarse sin esta vía de escape, Pelito fue finalmente capturado a los pocos días, deambulando exhausto por las calles de Posadas.
Pelito pasó más de siete años detenido de forma arbitraria. Mientras tanto, su madre Germania nunca bajó los brazos. Sin haber salido nunca de Misiones, recorrió las diferentes cárceles del país a las que fueron trasladando a sus hijos. Su coraje la llevó a convertirse en una referente barrial y es cofundadora de “Las Madres de la Plaza 9 de Julio” en Misiones.
En octubre de 1983, ya sobre el final de la dictadura, Pelito pudo ver desde las rejas de la cárcel de Villa Devoto a su madre parada en silencio entre la multitud, sosteniendo firmemente un cartel que exigía: “LIBERTAD A PELO Y PELITO ESCOBAR PRESOS POR PERONISTAS”.

El 28 de diciembre de 1983, ya en tiempos de democracia, Pelito y su hermano fueron finalmente liberados desde la cárcel de Candelaria. Al llegar a su antiguo barrio en Posadas, los esperaba Germania, quien al verlos comenzó a temblar, abrió los brazos y liberó toda la angustia contenida de siete años gritando a los vecinos: “¡¡ESTOS SON MIS HIJOS Y ACA ESTAN!!”.
Ante la inmensidad de estos relatos, queda una interrogante que interpela nuestra identidad nacional: ¿Cuántas otras historias de dignidad permanecen aún ocultas bajo la espesura del monte, esperando ser rescatadas para que el “Nunca Más” sea, por fin, verdaderamente federal?
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