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Analizamos la historia fundacional de la reducción jesuítica de Itapúa en 1615, situada originalmente en la actual ciudad de Posadas. A través de crónicas de la época y transcripciones de cartas de Diego de Boroa, se detallan las penurias, epidemias y el rol vital del niño Miguel Dávila en la supervivencia del asentamiento. Las fuentes examinan el traslado del núcleo principal hacia la margen paraguaya en 1621, lo que dio origen a la actual ciudad de Encarnación. Finalmente, se expone el conflicto historiográfico sobre la fecha oficial de fundación de Posadas, contrastando el origen jesuítico con la institucionalización de 1870. Esta visión integral presenta al territorio como un espacio de continuidad histórica y transformaciones sociales profundas
¿Cómo es posible que una ciudad celebre su sesquicentenario (150 años) mientras sus cimientos narran una historia de más de cuatro siglos?
En 2020, Posadas conmemoró un siglo y medio de vida institucional, basándose en un decreto administrativo de Corrientes del año 1870. Sin embargo, mucho antes de que se firmara cualquier papel oficial en una oficina correntina, la selva paranaense ya era testigo de una epopeya de supervivencia.
La historia de la actual capital de Misiones no comenzó con un acto burocrático de la legislatura correntina, ni mucho menos con la disposición de un dictador paraguayo de repeler cualquier poblamiento de esta costa estableciendo un puesto militar y aduanero en este sitio. Sino que comenzó con una cruz de madera levantada por un santo en la orilla del Paraná, en el paraje conocido entonces como Itapúa, el 25 de marzo de 1615, bajo el nombre de Nuestra Señora de la Anunciación de Encarnación de Itapúa.
Explorar sus orígenes nos obliga a mirar más allá de los documentos modernos para descubrir una gesta de resistencia y convivencia que la historia oficial, a menudo, prefiere simplificar.
La ocupación formal de la margen izquierda del río Paraná comenzó bajo la égida de la Compañía de Jesús. El padre Roque González de Santa Cruz, primer criollo en adentrarse con fines misionales en esta zona de la selva paranaense, reconoció en el paraje de Itapúa un punto estratégico de control territorial y espiritual. La fundación no fue un acto impulsivo, sino una operación de diplomacia fronteriza que contó con el respaldo legal de la Corona.
Roque González portaba una Licencia Oficial expedida el 23 de febrero de 1615 por el teniente gobernador Francisco González de Santa Cruz, en nombre del Rey de España. Este documento autorizaba la nueva fundación y es el único y más antiguo instrumento legal emitido por una autoridad gubernamental que refiere a la fundación de una población en el territorio que hoy se denomina Posadas.
El término Itapúa (“punta de piedra” en guaraní) describe con precisión la geografía rocosa de la costa posadeña. Este acto formal de fundación fue solo el preámbulo de la epopeya humana que protagonizó, marcada por privaciones de todo tipo y por su férrea voluntad doctrinera.

La supervivencia de esta reducción primitiva dependió de una estructura social frágil pero resiliente, donde la ausencia de escolta militar —una decisión consciente de Roque González— obligó a establecer un pacto de confianza inédito entre actores clave.
Roque González de Santa Cruz: su rol como pacificador y arquitecto fue fundamental. Trabajó manualmente en la construcción de una capilla de tacuaras, soportando un frío que “quitaba el sueño” y un hambre tal que lo obligó a consumir las mismas hierbas silvestres que comían los loros, ganándose el apodo afectuoso de “papagayo” por parte de los nativos.
La precariedad era tal que, durante la Cuaresma de 1616, los registros indican que la comida se redujo a un solo huevo y cardos silvestres. Este contraste entre la miseria física y la magnitud de la ciudad que soñaban fundar define el carácter resiliente de los orígenes de Posadas.
No hay documento histórico de esa época que mencione a algún cacique llamado Itapúa. En cambio, el término Itapúa es utilizado en la licencia de fundación, en el testimonio de Ávila y en una carta de Boroa para referirse a un sitio: la punta rocosa, península pedregosa o cabo con afloraciones basálticas que hoy corresponde al territorio de Posadas.
Un hito de esta alianza fue la defensa armada de la cruz frente a tribus hostiles de aguas arriba, quienes descendieron en canoas para destruir el símbolo cristiano y fueron rechazados por los propios itapuanos. Los caciques Terapuá, Añapese y Ñamandú transitaron de la desconfianza inicial a una defensa férrea del nuevo orden.
El 4 de diciembre de 1615, la reducción recibió la visita de Hernando Arias de Saavedra. Este encuentro fue un ejercicio de alta política en los confines del Imperio, donde el poder civil debió adaptarse al protocolo jesuítico-guaraní.
Tuvo un recibimiento festivo: los nativos prepararon arcos de flores, danzas de tamboril y flautones, como manifestación de la cohesión social y el orden de la nueva reducción ante el Estado. Ese mismo día, Roque González celebró una misa histórica en la modesta iglesia, con la presencia de 24 soldados de escolta.
Hernandarias quedó tan conmovido por la paz del lugar que exclamó: “Caballeros, recemos… por haber oído misa con tanta paz adonde jamás el español puso el pie”.
En ese encuentro, nombró “capitanes” a los líderes, entregándoles títulos y “rescates” (regalos) a los caciques locales, lo que implicaba una integración del liderazgo guaraní en la estructura jerárquica virreinal. Tras este hecho, el cacique principal, Terapuá, adoptó el nombre de “Hernando”, simbolizando su lealtad personal al gobernador y consolidando una alianza inédita.

Este niño asunceno representa la única figura criolla no religiosa de esta gesta civilizatoria: fue el único acompañante del jesuita durante los primeros dos meses.
En los registros de 1652 aparece un testimonio suyo que debería ser central en la memoria posadeña, pero es completamente ignorado por la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad.
Miguel Dávila (o de Ávila), en 1615, con apenas diez años, fue el único compañero de Roque González de Santa Cruz durante los primeros dos meses de la fundación. Mientras el sacerdote se ocupaba de la diplomacia y la fe, el pequeño Miguel asumía tareas de una dureza asombrosa: pescaba y cazaba para alimentarse él y el religioso, y llegaba a pedir limosna de comida en las chacras de los indígenas “infieles” que aún no se habían unido a la misión. Actuó como sustento vital, enfermero y catequista de otros niños originarios.
Dávila no fue solo un ayudante temporal; su importancia se extendió en el tiempo. Durante la peste de 1619, ya adolescente, actuó como intérprete y hasta sepulturero, asistiendo a los moribundos hasta que él mismo cayó enfermo.
Como cronista, dejó un testimonio jurado en 1652. Este testimonio es la verdadera “piedra Rosetta” de la historia regional: sin su memoria, los detalles de la vida cotidiana y las penurias de 1615 habrían sucumbido ante el vacío documental administrativo de la época.
“Ayudaba a decir misa y rezar y enseñar la doctrina… y para el sustento de dichos padres iba a pescar y cazar y a pedir limosna de comida por las chacras de los indios infieles”. — Miguel Dávila, 1652.
En 1619, una epidemia de “catarro y calenturas (fiebre)” asoló la región. Las crónicas describen escenas dantescas: canoas a la deriva por el río Paraná cargadas de cadáveres y perros devorando a los muertos en aldeas donde nadie quedaba en pie. En Itapúa murieron más de setenta niños.
Un relato estremecedor narra cómo un hombre enfermo, al no tener canoa, se aferró a un tronco y se dejó llevar por la corriente del río hacia la reducción, buscando ser bautizado antes de morir.
Esta tragedia sanitaria provocó una “dispersión territorial” hacia puestos aislados para huir del contagio, lo que finalmente actuó como catalizador para que los jesuitas decidieran trasladar el núcleo urbano a tierras consideradas “más sanas”.

Entre 1620 y 1621, el núcleo principal del pueblo (iglesia, colegio, viviendas y chacras) se trasladó a la margen derecha (actual Encarnación, Paraguay). Sin embargo, el sitio original (Posadas) nunca fue abandonado: se transformó en la “Estancia Grande”, el pulmón económico de la reducción.
Lejos de estar desierta, la zona mantuvo una ocupación permanente para sostener un volumen de producción asombroso.
El inventario de 1768, tras la expulsión de los jesuitas, revela la magnitud de lo que hoy es suelo posadeño:
Ambas márgenes funcionaban como una sola unidad; Posadas no era un baldío, sino una de las estancias ganaderas más organizadas del mundo jesuítico.

La controversia sobre cuándo nació realmente Posadas sigue vigente. La Academia Nacional de la Historia prioriza el acto jurídico de 1870, pero la realidad demuestra una ocupación continua desde 1615.
Un dato revela la crudeza de este “borramiento” histórico: cuando en 1834 se construyó la muralla de la Trinchera de San José, se utilizaron piedras de las ruinas de la estancia original para levantarla.
Ignorar el hito de 1615 no es solo una cuestión de fechas: implica desconocer que la ciudad actual está, en gran medida, construida sobre los restos de su pasado jesuítico.
Mientras pueblos vecinos como Concepción de la Sierra, que en 2019 celebró sus 400 años, o Corpus Christi, que lo hizo en 2022, reconocen y conmemoran sus orígenes, Posadas continúa aferrándose a un decreto administrativo correntino que deja de lado más de dos siglos y medio de existencia previa.
Resulta paradójico que Roque González, tras fundar la reducción de Itapúa en el territorio que hoy ocupa la capital, haya partido en 1619 desde ese asentamiento ya establecido hacia la región del río Uruguay, donde fundó Concepción de la Sierra. Hoy, ese pueblo celebra su origen en aquel hecho histórico, mientras que Itapúa —actual Posadas— parece olvidar su propia fundación y a su fundador, sin reconocer la importancia de haber sido la primera misión jesuítica en el territorio misionero.

Un palimpsesto es un manuscrito antiguo, generalmente en pergamino, cuyo texto original fue borrado para reutilizar el soporte, conservando huellas de la escritura anterior.
Posadas es un palimpsesto: un territorio donde las capas de historia se superponen.
En una primera etapa se llamó Itapúa, un tiempo que se pierde en la prehistoria, cuando los guaraníes habitaban exclusivamente este suelo hasta la llegada de Roque González. La segunda etapa corresponde al experimento social guaraní-jesuítico de las reducciones, cuando el sitio recibió el nombre de Anunciación o Encarnación de Itapúa, primero como núcleo fundacional y luego como estancia.
La tercera etapa, tras la expulsión de los jesuitas y el fin del sistema comunal (el Tupa mbaé, que incluía la estancia), es la de la ocupación paraguaya, iniciada en 1811, cuando el lugar pasó a denominarse Rinconada de San José.
Con la Guerra de la Triple Alianza llegó el desalojo de los paraguayos y el asentamiento de tropas brasileñas, que al ver una muralla precedida de un foso creyeron estar ante “trincheras”, nombre que quedó asociado al sitio. Su partida definitiva en 1870 allanó el terreno para la ocupación correntina, que buscó consolidar la posesión de un territorio que nunca le había pertenecido, apelando a un decreto de Gervasio Posadas para justificarla.

Sin embargo, nombres actuales de barrios y parajes como “El Brete” o “El Tajamar” no son caprichos modernos: son ecos lingüísticos de la Estancia Grande que operó durante siglos en este suelo.
Reconocer que las raíces de la ciudad se hunden en la buena voluntad de un niño de diez años, en el sacrificio de los jesuitas apodados “papagayos” y en la lealtad de los caciques guaraníes es fundamental para entender quiénes somos.
¿Es Posadas una creación administrativa de 150 años o una epopeya humana que ya conmemora más de cuatro siglos de realización?
Reconocer 1615 como el origen de Posadas no es un capricho cronológico; es un acto de justicia histórica que evita el “borramiento” de dos siglos y medio de identidad misionera.
La ciudad no nació de una ordenanza de un dictador paraguayo ni de un decreto correntino. No nació sobre un espacio vacío: nació de la resiliencia de un niño de diez años, de la prédica de un santo y de la valentía de los caciques guaraníes que defendieron un nuevo y mejor modo de vida en este suelo, siglos antes de que se llamara Posadas.

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