heroe misiero en malvinas

Misioneros en Malvinas, 430 héroes olvidados

Misiones vivió la guerra con una angustia social particular debido a la desproporcionada cantidad de sus jóvenes enviados al frente. Durante 74 días, la provincia fue un hervidero de incertidumbre; desde las chacras más remotas hasta las ciudades fronterizas, el impacto demográfico de enviar a 430 de sus hijos a combatir contra una de las potencias navales más formidables del mundo dejó una marca imborrable en la identidad local.

La relación entre la provincia de Misiones y el archipiélago malvinense no es un accidente de la geografía, sino un vínculo geopolítico inalienable que constituye el hilo conductor del reclamo soberano argentino. Desde nuestra tierra colorada, la soberanía se entiende como una construcción histórica que trasciende la distancia, cimentada en la continuidad geológica de la plataforma continental y en el sólido principio de uti possidetis juris. Al heredar los derechos de la Corona Española, la joven Nación Argentina no solo recibió un territorio, sino el mandato de administrarlo. Esta legitimidad abstracta cobró vida y sangre misionera desde los albores del siglo XIX, estableciendo una conexión ininterrumpida entre la selva guaraní y la turba malvinera que se validaría, un siglo y medio después, con el máximo sacrificio en el frente de batalla.

Pablo Areguatí: La Génesis de la Presencia Misionera (1823)

La institucionalización de la autoridad argentina en las Malvinas tiene un nombre de raíz guaraní: Pablo Areguatí. Nacido en el pueblo de San Miguel Arcángel —territorio que perteneció a las misiones jesuíticas y hoy se encuentra bajo soberanía brasileña—, su figura encarna la complejidad de nuestra identidad regional. Areguatí fue un hombre de fronteras: educado en el Colegio de San Carlos, eligió la lealtad al Directorio de Buenos Aires en un momento en que otros líderes guaraníes se volcaban al federalismo artiguista. Esta decisión lo posicionó como el hombre de confianza para proyectar el Estado nacional hacia el Atlántico Sur.
En 1823, el gobierno de Buenos Aires lo designó como el primer comandante militar de las islas. Durante sus seis meses de mando, Areguatí no fue un simple custodio, sino el brazo ejecutor de la soberanía, encargado de disciplinar a los buques extranjeros y asegurar el respeto a las leyes nacionales. Su gestión fue el antecedente jurídico y administrativo indispensable para el posterior ejercicio pleno de soberanía que consolidaría Luis María Vernet en 1829. Sin embargo, este proceso de construcción institucional fue cercenado por la usurpación británica de 1833. Aquella herida abierta en el siglo XIX, marcada por la interrupción de la administración misionera, solo encontraría un renacimiento trágico y heroico en el conflicto armado de 1982.

El Conflicto de 1982: El Desembarco de la Tierra Colorada

El 2 de abril de 1982, el desembarco argentino en las islas puso fin a casi 150 años de reclamos diplomáticos infructuosos. El conflicto estalló en un contexto de profunda crisis de la dictadura cívico-militar, que buscó en el sentimiento nacionalista un factor de cohesión ante el descontento social. No obstante, para el pueblo misionero, la causa Malvinas fue una realidad que trascendió cualquier cálculo político.
Misiones vivió la guerra con una angustia social particular debido a la desproporcionada cantidad de sus jóvenes enviados al frente. Durante 74 días, la provincia fue un hervidero de incertidumbre; desde las chacras más remotas hasta las ciudades fronterizas, el impacto demográfico de enviar a 430 de sus hijos a combatir contra una de las potencias navales más formidables del mundo dejó una marca imborrable en la identidad local.

El Perfil del Combatiente Misionero: El Valor del Peón Rural y el “Tarefero”

La columna vertebral de la presencia misionera en las islas estuvo compuesta por 430 soldados, en su mayoría conscriptos de 19 años. Estos jóvenes, hijos de colonos y “tareferos”, vivieron un choque cultural y climático brutal: pasaron del calor húmedo de la selva a un escenario subantártico de -16°C.
Sin embargo, aquí surge el factor decisivo: donde el planeamiento militar de los altos mandos fracasó por improvisación y negligencia logística, el combatiente misionero sobrevivió gracias a su identidad rural. El “peón” compensó las falencias de la jerarquía mediante habilidades forjadas en el monte:
Resiliencia Climática: Su crianza trabajando a la intemperie, bajo heladas o lluvias torrenciales en la colonia, les permitió tolerar el frío extremo de la turba mejor que a los soldados de entornos urbanos.
Habilidades de Campo: El conocimiento para cuerear y carnear ovejas de forma silenciosa fue la diferencia entre la desnutrición y la supervivencia ante la falta de suministros oficiales.
Solidaridad y “Ayuda Mutua”: La cultura del colono, basada en la solidaridad entre vecinos, se replicó en las trincheras. Existen registros de misioneros que arriesgaron sus vidas para sustraer comida de los depósitos y repartirla entre sus compañeros hambrientos, priorizando la vida del “hermano” de trinchera sobre el reglamento.
Estas aptitudes transformaron al soldado misionero en un combatiente de una resistencia excepcional, capaz de sostener la lucha en condiciones que habrían quebrado a tropas menos resilientes.

Crónicas de Resiliencia: Testimonios del Frente

La dimensión humana del conflicto se revela en los “pozos de zorro”, donde la inocencia de la juventud fue devorada por el horror. Los siguientes perfiles resumen la experiencia misionera:

    Roberto Estévez: El Heroico Valor en Malvinas

    El teniente primero Roberto N. Estévez, oriundo de Posadas y perteneciente al Regimiento de Infantería 25 del Ejército Argentino, es recordado por su valeroso accionar durante la batalla de Darwin y Pradera del Ganso.

    En la noche del 27 de mayo de 1982, frente a un intenso asalto británico que contaba con misiles, apoyo de artillería naval y equipamiento de combate nocturno, a Estévez se le ordenó apoyar el repliegue de la primera línea defensiva argentina. Para lograrlo, dirigió un contraataque durante la noche en una zona que ya estaba ocupada por fuerzas enemigas superiores, con el objetivo de permitir que sus propios efectivos pudieran retirarse a salvo.

    Durante este enfrentamiento, Estévez sostuvo el combate por más de dos horas. A pesar de resultar gravemente herido en el transcurso del asalto, demostró una inquebrantable voluntad al continuar en la acción y rechazar sucesivos ataques enemigos, hasta que finalmente falleció tras recibir un disparo el 28 de mayo.

    Por este acto extremo de sacrificio personal para proteger a sus hombres, el teniente Estévez fue condecorado de manera póstuma con la cruz “La Nación Argentina al Heroico Valor en Combate”.

    Además del heroico teniente Roberto Estévez, muchos otros jóvenes nacidos en la provincia de Misiones combatieron en las islas Malvinas. La gran mayoría provenía de zonas rurales, chacras y selvas, y terminaron en la guerra porque se encontraban cumpliendo el servicio militar obligatorio (“la colimba”) en distintas unidades militares del país cuando estalló el conflicto.

    Mencionamos solo algunos pocos de ellos mencionado las anécdotas de algunos de estos misioneros que logramos encontrar mencionados en la bibliografía consultada, pero son muchos más los misionero que sirvieron valiente y heroicamente en aquella gesta de soberanía, invitamos a que investigue y tomen testimonio de los veteranos de sus localidades, para dejarlos documentados. Aquí exponemos solo aquellos a los que tuvimos acceso.

    Juan Rotela Nacido en Bernardo de Irigoyen, fue sorteado para la Marina y destinado al Batallón de Infantería de Marina Nº 5 (BIM 5) en Tierra del Fuego. Faltando poco para recibir la baja, se inició el conflicto y el 13 de abril fue enviado a Malvinas para defender la zona de Tumbledown, frente al Monte Longdon.

    Su vida en los “pozos de zorro” estuvo marcada por el clima hostil y el hambre. Contó que, por desesperación, los soldados que iban a buscar la comida a veces se la comían en el camino, por lo que su teniente le ordenó escoltarlos armado para evitar que sus propios compañeros saquearan las raciones. Durante el combate final, Rotela le pidió permiso a su superior para operar una ametralladora abandonada, pero quedó atrapado bajo fuego cruzado. Terminó siendo tomado prisionero cuando dos ingleses lo interceptaron; uno le apuntó al cuello y el otro le puso la rodilla en el estómago mientras le quitaba su sable bayoneta, haciéndole gestos de que le iba a cortar el cuello.

    Ramon Galarza

    Ramón Galarza Oriundo de la colonia Florentino Ameghino (San Javier), fue “tarefero” desde niño tras perder a su padre. Fue reclutado justo el día de su cumpleaños y enviado a la Compañía de Ingenieros 3 en Monte Caseros, Corrientes. De allí fue trasladado sorpresivamente a Comodoro Rivadavia y luego a Puerto Argentino.

    Su especialidad en las islas consistió en colocar campos minados y puentes. Relató el horror de trabajar de noche bajo fuego cruzado, viendo balas trazadoras y bengalas que iluminaban todo “como si fuera fin de año”. Sufrió el frío extremo de 16 grados bajo cero y la sed que los llevó a beber agua de charcos e incluso del mar. Al regresar al continente como prisionero, fue retenido en el cuartel de Monte Caseros y, harto de la situación, se fugó sin dinero ni documentos rumbo a Misiones diciéndole a sus compañeros: “Se terminó la guerra, muchachos… nos fuimos a la mierda”.

    José Hubtwer Nacido en Colonia Corpus y criado en Colonia Primavera (Jardín América). También fue destinado al BIM 5 en Tierra del Fuego tras pedir, junto a un amigo, ir al Sur pese a no conocer el clima. Una noche, estando de franco en la ciudad, escuchó sirenas y bocinazos celebrando la recuperación de las islas; poco después le ordenaron preparar su equipo de combate.

    Combatió en el cerro Sapper Hill soportando los intensos bombardeos navales y aéreos. Para sobrevivir a los ataques, encontraron una cueva muy estrecha, de aproximadamente un metro de ancho, pero profunda, a la que debían entrar caminando hacia atrás debido a que el equipo colgante no les permitía pasar de frente. Tras la rendición, los ingleses lo obligaron a realizar tareas de fajina recogiendo los cuerpos de sus compañeros caídos para enterrarlos improvisadamente en los cráteres dejados por las bombas, usando cuchillos para marcar las tumbas.

    Alejandro Florentín Nacido en un pueblo misionero en 1963, se incorporó en enero de 1982 a la 1ra. Brigada Aérea. Fue trasladado en un avión F28 a Puerto Argentino y asignado a la defensa del aeropuerto.

    Estuvo expuesto al primer gran bombardeo inglés del 1 de mayo, tras el cual encontró el cuerpo destrozado de su compañero Guillermo García. Una de las experiencias psicológicas más duras que le tocó vivir fue recibir posteriormente una encomienda enviada por la madre de García, que contenía chocolates y una medalla de San Ceferino con la inscripción “Dios te cuidará”, cuando su hijo en realidad ya estaba muerto.

    Antonio Nazareno Alves Oliveira Proveniente de una familia de tareferos de Campo Ramón, Oberá. Incorporado al Batallón de Infantería de Marina 3, fue enviado a la Isla Borbón con sólo 19 años. Hasta llegar a las islas, él pensaba inocentemente que allí vivían argentinos y no ingleses.

    El bombardeo del 1 de mayo lo sorprendió tras terminar su guardia yendo a buscar un café; el resplandor de las explosiones iluminaba el cielo nocturno como si fuera de día. En el apuro por salir corriendo del galpón para evitar un accidente con las armas, olvidó sus guantes y su pasamontañas en medio de un frío paralizante. El día de la rendición, vio cómo los helicópteros ingleses “caían como piedras” rodeando por completo el galpón donde se refugiaban 185 soldados argentinos, tomándolos prisioneros en un instante.

    Juan Vandeley Alves Oriundo de San Javier, fue destinado por la Fuerza Aérea a defender el perímetro interior del aeropuerto de Puerto Argentino.

    Sobrevivió al ensordecedor ataque de los grandes bombarderos británicos Vulcan el 1 de mayo, describiendo el impacto de las bombas como “un terremoto en el medio de tus pies”. Su mayor calvario fue el clima: desarrolló “pie de trinchera” por pasar tanto tiempo en pozos inundados y helados, lo que provocó que le dejara de circular la sangre en las piernas. Al no poder siquiera pararse, fue evacuado en un Hércules al continente el 26 de mayo.

    Es importante mencionar cómo terminaron trágicamente otros misioneros cuyas historias reflejan distintos escenarios del conflicto: el obereño Carlos Krause, copiloto de un avión Hércules C-130 que fue derribado sobre el mar sin dejar sobrevivientes el 1 de junio; el soldado Alfredo Gregorio, de Florentino Ameghino, que fue uno de los últimos en morir combatiendo en el asalto final inglés al monte Tumbledown el 14 de junio; y Martín Maciel, Saturnino Sanabria, Miguel Meza, Miguel Sosa y Orlando Illanes, quienes perdieron la vida en el gélido Atlántico Sur durante el hundimiento del crucero ARA General Belgrano.

    Emotivo reconocimiento del General Martin Balsa a los sodados del Litoral

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