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El 25 de mayo de 1810 ocurrió un hecho muy importante: la Revolución de Mayo. Los criollos destituyeron al virrey español y formaron la Primera Junta de Gobierno. Había comenzado el camino hacia la independencia.
En Misiones, el gobernador Tomás de Rocamora recibió la noticia de la revolución y decidió apoyar al nuevo gobierno de Buenos Aires y mandó a que se reúnan en un cabildo general los representantes de cada pueblo y anunciando lo que había ocurrido el 25 de mayo debían decidir qué hacer

Misiones no esperó a que el proceso revolucionario se consolidara para tomar partido. El 8 de julio de 1810, poco más de un mes después de la destitución del virrey Cisneros, el Cabildo de Candelaria, que funcionaba allí desde 1665, marcó un hito cuando convocó a los representantes de esa parte de Misiones y se convirtió en una de las primeras provincias en adherirse formalmente a la Revolución de Mayo.

Misiones vivió la guerra con una angustia social particular debido a la desproporcionada cantidad de sus jóvenes enviados al frente. Durante 74 días, la provincia fue un hervidero de incertidumbre; desde las chacras más remotas hasta las ciudades fronterizas, el impacto demográfico de enviar a 430 de sus hijos a combatir contra una de las potencias navales más formidables del mundo dejó una marca imborrable en la identidad local.

La historiografía argentina ha padecido históricamente de una macrocefalia crónica. Agrandando en importancia lo sucedido en la Capital en detrimento de los hechos históricos que tuvieron como escenario las provincias alejadas del centro político administrativo. Bajo este centralismo porteño, el relato del pasado suele detenerse en la Avenida General Paz, relegando a las provincias del interior mediterráneo a una nota al pie.

En marzo de 1936, Oberá era apenas un pueblo juvenil de nueve años de existencia, un enclave de inmigrantes europeos que habían llegado con el "sueño agrícola" a cuestas, solo para chocar con un muro de miseria y violencia estatal. Lo que debía ser un refugio de dignidad se convirtió en el escenario de una carnicería que hoy nos obliga a preguntarnos: ¿cuánto de ese "brillo" fue forjado sobre la sangre de quienes solo pedían pan y justicia?