La Utopía también se realizó en papel. La historia de la Literatura en Misiones

Suele pensarse, con cierta arrogancia metropolitana, que la “alta cultura” —esa de prensas, bibliotecas y sutiles debates teológicos— es un fruto que solo madura en el asfalto de las grandes capitales coloniales. Sin embargo, mucho antes de que las ciudades modernas reclamaran su hegemonía, en el corazón de la Tierra Colorada se gestó una revolución intelectual sin parangón. Allí donde el desánimo de la selva virgen parecía dictar el silencio, los jesuitas y el pueblo guaraní materializaron una vanguardia literaria que desafió la espesura. Misiones no fue solo un refugio de fe, sino un ecosistema vibrante donde el crujir de las prensas se mezclaba con el canto de las aves, pariendo una utopía de papel en medio de la maraña.

Kaul Grünwald autor del ensayo Historia de la Literatura de Misiones hace un viaje de 350 años en busca de la Identidad Literaria de Misiones, exponemos a continuación sus descubrimientos, parafraseándolo (para no decir plagiándolo) consolándonos con la idea de que la imitación es una demostración de admiración.

Kaul sostiene que Misiones se erige como un “palimpsesto” indescifrable en el mapa de las letras argentinas (palimpsesto: es un pergamino, papiro o papel, con un texto escrito en el que se evidencia la preexistencia de un texto anterior borrado para reaprovechar el material). Su historia literaria encierra una paradoja fascinante que desafía las convenciones de la pertenencia: gran parte de su identidad escrita no fue forjada por hijos de la tierra, sino por voces que arribaron desde latitudes remotas. ¿Cómo es posible que un territorio tan específico y de fronteras tan vibrantes haya sido narrado, en su mayoría, por el “asombro” del forastero?

Para desentrañar esta singularidad, nos dejamos guiar por la perspicacia de Guillermo Kaul Grünwald, cuya obra cartografía tres siglos y medio de producción literaria e intelectual (1615-1965). A través de su análisis, comprendemos que la literatura de Misiones no es una mera acumulación de textos, sino el espejo de un ecosistema único, donde el paisaje deja de ser un decorado para convertirse en un protagonista implacable que transforma la sensibilidad de quien se atreve a narrarlo.

La primera Época Hispánica Guaraní

Ruiz de Montoya “el Moisés” de la Selva y su Éxodo Épico es la figura central de este ciclo, abandonó una vida de desenfreno bohemio en Lima para convertirse en el “Capitán del Éxodo” guaranítico. Montoya lideró a más de diez mil paisanos en una huida desesperada río abajo para escapar de las hordas de los bandeirantes. Su muerte fue tan legendaria como su vida: se cuenta que su cuerpo fue salado y transportado a muñeca por los paisanos a través de cientos de leguas de selva para que descansara en la reducción de Loreto.

En su obra La Conquista Espiritual, Montoya describe con desgarradora belleza el momento de abandonar las misiones para que no fueran profanadas:

“…desamparar tan lindas y suntuosas iglesias que dejamos bien cerradas, porque no se volviesen en escondrijos de bestias. Fue tan horrendo y calamitoso este espectáculo… que en el suelo… la imagen sudó gotas tan grandes y en tanta abundancia, que dos Padres no se daban la mano á recoger el sudor en algodones… Llevaban arpas e instrumentos músicos… ya sin cuerdas y deshechos. No sirviéndole ya más que para una triste memoria”.

Entre la fe y la palabra del paisano da inicio la civilización escrita; esta llega con la Compañía de Jesús. Antonio Ruiz de Montoya, cronista y filólogo, elevó el guaraní a lengua literaria. Kaul lo define con justicia:

“Un apóstol digno de la epopeya por su heroísmo y por su genio.”

Si bien su obra La Conquista Espiritual fue escrita de memoria, estima Kaul, aquí creemos que se llevó algunas anuas particulares, su valor reside en la carga emocional y épica de sus relatos sobre el éxodo guaraní. Junto a él, José Manuel Peramás aparece como un humanista de élite, capaz de escribir en latín con la galanura de los clásicos, especialmente en su ensayo La República de Platón y los Guaraníes. Asimismo, destaca el temple de José Cardiel, cuyo estilo a cálamo currente —al correr de la pluma— destila una sinceridad y falta de artificio que convierte sus escritos en la expresión viva de su apostolado.

Sin embargo, el fenómeno más original es la irrupción de los Escritores Aborígenes. Figuras como Nicolás Yapuguay, el Cacique Melchor y Nicolás Ñeenquerú demostraron una capacidad de expresión asombrosa. Las cartas de Ñeenquerú, fechadas en 1753, exhiben una lógica y una visión histórica que, en su veracidad, superaba a la de los cortesanos de Madrid.

Silicon Valley de madera

Durante este periodo se dio el fenómeno hoy comparable a un “Silicon Valley” pero de Madera, hablamos de la Primera Imprenta del Río de la Plata (¿o de Sudamérica?)

Mucho antes de que los centros urbanos del sur contaran con sus propios talleres gráficos, la selva misionera ya asistía al milagro de la palabra multiplicada. Los padres Juan Bautista Neumann, Segismundo Asperger y José Serrano fueron los arquitectos de esta tecnología de la necesidad. Ante la imposibilidad de importar equipos desde Europa, recurrieron a un ingenio puramente orgánico: construyeron su prensa utilizando maderas de la selva y fundieron tipos móviles con el estaño que tuvieron al alcance de la mano, logrando resultados de maestría.

Esta imprenta artesanal produjo obras de un volumen y aliento que hoy mismo asombrarían a cualquier editor. Entre los títulos más monumentales que brotaron de aquel “Silicon Valley” de madera “La Imprenta jesuítico guaraní”destacan:

  • Flos Sanctorum (de Rivadeneira).
  • Sermones y Exemplos (del cacique Yapuguay).
  • Diferencia entre lo temporal y eterno (del P. Nieremberg).
  • Instrucción Práctica (de Garriga).

Literatura Políglota.

La bibliografía misionera es un testimonio asombroso de polifonía cultural. En un rincón del mundo donde el español era a menudo desplazado de los escritos oficiales, la región se convirtió en una Babel literaria. Se gestaron textos en latín, guaraní, español, italiano, francés, alemán, polaco e inglés. Lo más conmovedor de esta epopeya filológica fue ver a eruditos europeos descender a la humildad de mezclarse con los niños paisanos para aprender los rudimentos de sus lenguas.

Bajo este impulso, el guaraní dejó de ser una lengua puramente oral para convertirse en un idioma escrito, salvándose así de la extinción como le sucedió a otras lenguas amerindias en esa época. Figuras como Ruiz de Montoya dotaron al habla de signos alfabéticos, pero la verdadera singularidad radica en que el paisano participó como redactor, como ocurrió con el cacique Yapuguay. Como bien sintetizó Torres Saldamando:

“Los Jesuitas no solo escribieron aquellas obras en los idiomas referidos, sino en todas las lenguas americanas, formándose un monumento imperecedero, que recuerda constantemente su amor a la ciencia y sus servicios en favor de la civilización”.

La República de Platón en Guaraní: Una Utopía Socio-Económica

El sistema de las Reducciones no fue un simple proyecto de evangelización; fue una utopía social puesta en práctica. El jesuita José Manuel Peramás, en sus refinados ensayos, trazó paralelismos directos entre la organización misionera y la “República” de Platón, la “Utopía” de Tomás Moro o la “Ciudad del Sol” de Campanella.

Kaul se ve obligado a explicar la obra de Peramas y aquí en muy pocas palabras resumimos que aquel modelo, sospechado de comunismo o de utopía, se sostenía sobre una estructura comunitaria donde la propiedad absoluta pertenecía al grupo y el dinero era inexistente, basándose el sustento en el cambio y el trueque. Los hombres se desempeñaban como maestros artesanos y las mujeres en el hilado, en un sistema que priorizaba el bienestar común. Esta alternativa de vida, que protegía la dignidad del aborigen, fue percibida como una amenaza directa para los intereses esclavistas de los encomenderos y la política colonialista de las cortes europeas, quienes veían con recelo este “Imperio” que no conocía la codicia del oro.

Bibliotecas Desaparecidas: El Trágico Destino de miles de Libros

La expulsión de los jesuitas en 1768 inició un despojo cultural de proporciones trágicas. El patrimonio bibliográfico acumulado era colosal: mientras que en las misiones del Paraná se contabilizaban cerca de 7.000 volúmenes, la sola reducción de Candelaria albergaba más de 3.700 libros.

Tras la partida de los misioneros, la barbarie y la desidia se apoderaron de estos tesoros. Miles de obras fueron destruidas por comisarios que, en su ignorancia, usaron los papeles para fabricar cartuchos de pólvora, hornear bizcochos o confeccionar linternas. Un escritor de la época, pariente espiritual de Teodosio, narró con amargura este vacío:

“…hicieron de una gran parte de los escritos cartuchos o los utilizaban para cocer bizcochos y para linternas; y me pasó como al historiador Orosio que sólo encontró armarios vacíos de aquella biblioteca”.

Un Legado Bajo la Maleza

La literatura de Misiones fue una singularidad histórica, una utopía escrita mayormente por hombres que, habiendo nacido en otras latitudes, se dejaron cautivar por la nobleza del pueblo guaraní y la fuerza del paisaje. Fue un experimento donde el arte y la técnica florecieron contra todo pronóstico, creando un mundo de libros allí donde solo se esperaba el silencio de la selva.

El Ojo del Observador: Científicos y Demarcadores

Tras la expulsión de los jesuitas, el “Ciclo Civil” trajo a los demarcadores de límites. En los diarios de Juan Francisco Aguirre, la exactitud del marino se funde con un estilo cercano al recargamiento pomposo, capturando lo maravilloso del paisaje con una ornamentación casi barroca.

Ya en el siglo XIX, científicos como Eduardo Holmberg y Juan Bautista Ambrosetti llegaron con rigor académico pero terminaron sucumbiendo ante la selva. Su prosa, en obras como Viaje a Misiones, abandonó la frialdad del dato para alcanzar una “efusión poética” de largo aliento, esencial para forjar la identidad lugareña a través de la mirada del observador maravillado.

El Grito de la Selva: Literatura de Protesta y el Drama del Mensú

A principios del siglo XX, la literatura adoptó un tono viril y combativo. Esteban Cavazzutti, en Misiones. Naturaleza-Labor humana-Crímenes, utilizó un realismo crudo para denunciar el “infierno de los yerbales” y la degradación humana.

Esta línea alcanza su cenit con Alfredo Varela y su novela Río oscuro. Varela elevó la tragedia del mensú y la “fiebre del oro verde” a la categoría de clásico americano. Con una prosa viril y un denso simbolismo formal, su obra se emparienta con la magnitud de La Vorágine, convirtiendo la denuncia social en una pieza de arte imperecedera.

Los Maestros del Relato Moderno: De Quiroga a la Vanguardia

El hito continental indiscutible es Horacio Quiroga, quien dominó lo trágico y lo alucinante, convirtiendo la selva en el escenario implacable de la fatalidad humana. Bajo su sombra, la literatura de Misiones se diversificó en géneros y formas:

La Novela y el Mito: Federico Peltzer introdujo la novela psicológica en Tierra de Nadie, usando el paisaje como espejo de la angustia adolescente. Alejandro Magrassi, en La Ca’a Yarí, rescató con verismo psicológico y supersticioso el mito de la diosa de la yerba.

La Mirada Plástica: Juan M. Areu Crespo aplicó su ojo de pintor en Bajada Vieja, contrastando la sordidez del puerto de Posadas con descripciones de una belleza visual sobrecogedora.

Vanguardia y Teatro: El Grupo Triángulo trajo el ultraísmo, destacando a Juan Enrique Acuña, quien alcanzó el diapasón más alto al darle una voz poética moderna a la selva. En el teatro, Juan Oscar Ponferrada logró con Un gran nido verde elevar las pasiones del yerbal a una tragedia de proporciones cósmicas.

Continuidad Alucinada: Luisa Mercedes Levinson, en Pálida Rosa de Soho, retomó el mundo de pesadilla de Quiroga, aportando una “excepcional calidad artística” y personajes de una psicología primitiva y laberíntica.

¿Qué hace única a esta literatura? La Tríada Identitaria

Kaul Grünwald identifica tres rasgos fundamentales que dotan a las letras misioneras de un diapasón propio y las distinguen del resto de la producción nacional:

Literatura políglota y tensión lingüística: A lo largo de tres siglos, la palabra ha fluido en latín, guaraní y español. Con las corrientes migratorias, se sumó una polifonía europea de libros en polaco, alemán, francés e italiano. Sin embargo, lo más revelador es la invasión de dialectos fronterizos como el altoparanaense y el altouruguayense, que enfrentan al español con el influjo luso-brasileño. Ante esta “invasión”, surge la defensa poética de autores como Ramón Suaiter Martínez, quien en su obra Un pueblecito aboga por la pureza del idioma con un poder evocativo que al erudito Kaul le recuerda a “la prosa de Azorín” un destacado ensayista, novelista, dramaturgo y crítico literario español.

La hegemonía del forastero: Es un rasgo notable que casi la totalidad de los autores fundamentales provengan de otras provincias o del extranjero. Misiones ejerce un magnetismo que obliga al visitante a tomar la pluma para plasmar lo inefable.

Temática exclusiva y redención: La narrativa se concentra obsesivamente en la explotación del yerbal, la selva indómita y la vida de seres marginales —el mensú— que buscan en la espesura una forma de redención para sus pasados.

Esta identidad nace del “asombro histórico”. Para Kaul, el territorio fue tan castigado por las vicisitudes políticas que debió “sucumbir más de una vez” para engendrar la fascinación que obligó incluso a aquellos sin dotes artísticas originales a documentar la belleza y el drama de la tierra colorada.

Reflexión Final sobre el “Ser de Misiones”

Al recorrer estos 350 años, Guillermo Kaul Grünwald concluye que existe un “ser de Misiones” latente y poderoso que unifica esta producción. Esta identidad se sostiene en las virtudes de los evangelizadores, próceres y pioneros que abrieron la espesura a la cultura.

La literatura de esta región es el testimonio de que el paisaje tiene el poder de dictar la creación. En Misiones, la sangre de la tierra no solo tiñe el paisaje, sino que fluye por la pluma de quienes, siendo extraños, terminaron por encontrar en el asombro su verdadera patria.

Julio Cantero
Julio Cantero
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