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La principal pista sobre Melchor aparece en los escritos del jesuita catalán José Manuel Peramás (1732-1793), quien escribió sobre la organización de los pueblos guaraníes después de la expulsión de la Compañía de Jesús.
Entre las muchas historias que dejaron las reducciones jesuíticas, hay una que todavía sorprende: la de Melchor, un indígena guaraní de Corpus Christi que habría escrito la historia de su propio pueblo en lengua guaraní.
Su obra, conocida como Historia del Pueblo de Corpus Christi, no llegó hasta nosotros. Sin embargo, las referencias de jesuitas e historiadores permiten imaginar su valor: no era una crónica escrita desde afuera, sino una memoria construida desde la propia comunidad.
Ese dato cambia la mirada sobre las misiones: la historia no solo fue contada por sacerdotes, viajeros o funcionarios coloniales, también fue escrita por guaraníes alfabetizados que conocían de cerca su territorio, sus tradiciones y su vida cotidiana.
Corpus Christi reunió a población guaraní vinculada al traslado desde el Guairá hacia las riberas del Paraná. Con el tiempo, algunos paisanos —cabildantes, músicos y dirigentes locales— aprendieron a usar la escritura alfabética para administrar, comunicarse y guardar la memoria de su pueblo. En ese ambiente aparece Melchor, cuya obra habría mezclado historia local, tradición oral, referencias al territorio y datos sobre la vida material de la reducción.
Para entender quién fue Melchor, primero hay que mirar el mundo en el que vivió. Las misiones jesuíticas de la provincia de la Paracuaria se extendían por territorios que hoy forman parte de Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay, y desarrollaron una vida urbana, educativa y cultural muy intensa.
Desde el siglo XVII, los jesuitas impulsaron la escritura en guaraní con alfabeto latino. Eso permitió producir textos religiosos, administrativos, musicales y, en algunos casos excepcionales, históricos. El paso de una lengua transmitida principalmente de forma oral a una lengua también escrita fue clave para su permanencia.
Bartomeu Melià señaló que esa lectura y escritura tuvo especial importancia entre los sectores dirigentes de los pueblos: hijos de caciques, cabildantes y personas vinculadas a la administración local.
Guillermo Furlong también remarcó que los guaraníes letrados no se limitaron a copiar textos: escribieron cartas, reclamos, registros y documentos relacionados con la memoria de sus comunidades.
En ese contexto aparece un dato interesante: Melià traduce en una ocasión “mbyá” como “indio”, indica que algunos textos redactados por paisanos en guaraní usaban la palabra “mbyá” para nombrarse a sí mismos. (https://journals.openedition.org/nuevomundo/2193#tocto1n6)
No sabemos demasiado sobre su vida personal. La información disponible llega por referencias indirectas, pero alcanza para ubicarlo como un hombre letrado de la reducción de Corpus Christi, fundada en 1622 por los padres Pedro Romero y Diego de Boroa.
La principal pista sobre Melchor aparece en los escritos del jesuita catalán José Manuel Peramás (1732-1793), quien escribió sobre la organización de los pueblos guaraníes después de la expulsión de la Compañía de Jesús.
Peramás contó que había conocido a dos autores indígenas de obras no religiosas. Uno de ellos era Melchor, autor de una historia del pueblo de Corpus Christi. Más tarde, esa referencia fue recuperada por Furlong.
“Autores de libros no religiosos, conocí yo a dos indios. Uno que se llamaba Melchor y escribió la Historia del pueblo de Corpus Christi…”
Lo importante de esa mención es que muestra a Melchor no solo como alguien alfabetizado, sino como un cronista interesado en contar la historia local, el territorio y la memoria de su comunidad.
Aunque el manuscrito original en guaraní se perdió, las referencias conservadas permiten acercarnos a los temas que Melchor habría tratado en su Historia del Pueblo de Corpus Christi.
El texto habría narrado el origen de la reducción, el traslado desde el Guairá y las dificultades del asentamiento definitivo junto al Paraná. También habría registrado la construcción del templo de Corpus Christi, las fechas importantes de su consagración, los retablos y los altares. Otro punto central habría sido el territorio: las tierras del pueblo, las estancias, los yerbales, los ríos, los montes y los límites, posiblemente acompañados por mapas y dibujos manuscritos. Además, la obra habría incluido recuerdos de pestes, hambrunas y viruelas que afectaron a la población, junto con tradiciones orales como el relato de Pa’i Thome, asociado por la tradición guaraní con el apóstol Santo Tomás.
Peramás dejó una observación muy reveladora sobre el estilo de Melchor. Dijo que escribía con sencillez y que anotaba con detalle lo que encontraba en papeles viejos o lo que escuchaba de los ancianos de la comunidad. Pero también agregó una crítica: según él, Melchor escribía “sin orden y sin hacer juicio de los hechos”.
Hoy esa frase puede leerse de otra manera. Tal vez Melchor no seguía el modelo europeo de escribir historia, sino una forma más cercana a la memoria oral: reunir testimonios, conservar recuerdos y dejar constancia de lo que la comunidad consideraba importante.
Incluso su decisión de no imponer un “juicio” sobre los hechos puede entenderse como una virtud: antes que interpretar por encima de las voces recibidas, Melchor parecía preocupado por transmitirlas con fidelidad. En esa actitud hay una manera propia, y muy valiosa, de construir conocimiento histórico.
Melchor no solo habría escrito: también habría registrado el territorio. Las referencias le atribuyen una preocupación por los mapas y por la representación de ríos, montes, caminos y límites. Los estudios de Josefina Plá sobre el arte y la cultura material guaraní ayudan a entender que en las reducciones existían conocimientos técnicos capaces de representar espacios, edificios y objetos con gran precisión.
En una época de disputas de frontera entre las coronas ibéricas, esos mapas no eran simples dibujos: también servían para defender el conocimiento local sobre el territorio y dejar constancia de los espacios ocupados por el pueblo.
La obra de Melchor apareció hacia el final de una etapa intensa. Para la década de 1760, muchas misiones guaraníes habían alcanzado un desarrollo urbano y cultural notable: plazas ordenadas, talleres de oficios, música religiosa, cabildos locales y una administración que funcionaba en gran parte en lengua guaraní.
Pero ese mundo empezó a cambiar con rapidez. En Europa y en las cortes borbónicas crecieron las sospechas contra los jesuitas, alimentadas por rumores sobre riquezas ocultas y por el temor a su influencia política. En 1767, Carlos III ordenó la expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios españoles.
En esta región, la expulsión se concretó en 1768. El cambio golpeó la continuidad educativa e institucional de las misiones. Los nuevos administradores no siempre conocían el idioma ni cuidaron del mismo modo los archivos, las bibliotecas y las prácticas de escritura en guaraní.
El inventario de Corpus al momento de la expulsión registra unos 460 volúmenes en la biblioteca. Allí aparecen obras en guaraní como el Vocabulario guaraní, el Tesoro de la lengua guaraní, el Arte, tesoro y vocabulario de Restivo y un Manual en lengua guaraní (Bravo J., 1872, p. 284). Sin embargo, la obra de Melchor no figura entre esos libros. Tal vez porque era un manuscrito y no un impreso; tal vez porque estaba guardada en otro lugar. No lo sabemos.
Como la obra original se perdió, la historia de Melchor se reconstruye a partir de pistas documentales y estudios posteriores. Eso obliga a ser cuidadosos: hay datos firmes, pero también zonas que solo pueden presentarse como hipótesis razonables.
La pista principal es el testimonio de José Manuel Peramás, quien desde su exilio en Faenza, Italia, mencionó haber conocido la obra de Melchor. (De administratione guaranica…).
En el siglo XX, el historiador jesuita Guillermo Furlong Cardiff recuperó esa referencia en Misiones y sus pueblos guaraníes (1962), incorporando a Melchor dentro del registro de escritores coloniales del Río de la Plata.
Los trabajos de Bartomeu Melià permiten comprender mejor el lugar que ocupó la escritura en guaraní dentro de las misiones y la existencia de una élite indígena letrada. En “La lengua guaraní en las misiones jesuíticas”, Melià analiza ese fenómeno y menciona especialmente la obra de Melchor como ejemplo de cómo algunos autores guaraníes incorporaron el alfabeto latino a sus propias formas de pensamiento y memoria.
Y los estudios de Josefina Plá sobre el barroco hispano-guaraní validan técnicamente las referencias sobre los detalles arquitectónicos y decorativos que Melchor describió rigurosamente sobre el templo de su pueblo. (El barroco hispano guaraní, 1975)
Hoy en día, las ruinas de la misión de Corpus Christi constituyen el quinto conjunto jesuítico recuperado de la provincia de Misiones. Quienes recorren sus senderos, entre restos de piedra arenisca, antiguos talleres y vegetación misionera, se encuentran también con una señal de memoria: la biblioteca del centro de interpretación local lleva el nombre de Biblioteca “Historiador Melchor”.
Melchor no fue el único guaraní que escribió, pero su figura permite ver algo fundamental: hubo autores indígenas que usaron la escritura alfabética para conservar su historia, su territorio y su memoria comunitaria. Aunque su manuscrito se haya perdido, la huella que dejó alcanza para recordar que la historia de América también fue escrita desde voces, tinta, pulso y pensamiento, guaraníes.