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En 1888, indígenas tobas del Ingenio San Juan protagonizaron una sublevación con intento de fuga masiva por el río Paraná. El mayordomo Jordan Hummel y sus hombres los persiguieron, resultando en un "enfrentamiento armado" con muertos y heridos. Se atribuye el hecho al cacique "Palaquiri".
La madrugada del 1° de mayo de 1888, el aire en el Ingenio San Juan —propiedad del General Rudecindo Roca— estaba cargado con el olor agrio de la molienda y hacía rato el zumbido constante de la maquinaria había cesado. Alejandro Rojas, un jornalero apostado en el “cuarto de la bomba” sobre la barranca, dormía plácidamente cuando fue el primero en escuchar que algo rompía la monotonía de los sonidos de la costa selvática. Entre el murmullo del río Paraná se filtraron voces de mujeres y el llanto agudo de “criaturas” que bajaban por el canal adyacente. En la oscuridad total de la una de la madrugada, Rojas no podía ver las embarcaciones, pero comprendió de inmediato que el silencio del campamento indígena se había transformado en un rumor de huida.
Lo que hoy analizamos a través de los folios del Sumario judicial levantado por el Juez de Paz José A. Mujica no fue una simple deserción laboral. Fue un acto de resistencia colectiva, un éxodo en bloque donde ochenta personas —hombres, mujeres y niños de la etnia Toba— decidieron que el Paraná era preferible a la zafra de los Roca.
Para la administración del ingenio, la desaparición de “la mayor parte de los indios” fue una afrenta al orden productivo. Sin embargo, la logística del escape revela una planificación meticulosa que el “Auto cabeza de proceso” apenas logra esbozar. No escapaban hombres solos; se movía la comunidad entera en “jangadas” o balsas de “palo seco”.
La resistencia se venía gestando en las sombras de la industria azucarera. Dos meses antes, el vecino Nicolás Francisco Piris había sorprendido a un indígena construyendo una balsa en secreto; al verse descubierto, el hombre huyó dejando atrás una herramienta reveladora: una “varilla de hierro larga y puntiaguda a manera de lanza”. Este detalle de microhistoria nos muestra a los Tobas reapropiándose de los materiales industriales del ingenio para convertirlos en herramientas de liberación. Incluso existía un precedente: un año atrás, un líder llamado Marincho, que se titulaba “capitán”, ya había advertido a Piris que el día que decidieran irse, lo harían por el río, “matando a todo aquel que se opusiere”.
El sistema judicial decimonónico necesitaba simplificar la complejidad de una rebelión social en la figura de un solo instigador. El elegido fue el Cacique Palaquiri. Para el mayordomo Jordan Hummel, la “sublevación” no era el resultado de un sistema opresivo, sino de la influencia de un líder que explotaba lo que él llamaba el “carácter indómito” de su gente.
En su declaración, Hummel intenta personificar la culpa:
“Puede y debe atribuirse la causa de esta fuga al carácter indómito de estos indios y a la influencia que sobre ellos ejercía el cacique ‘Palaquiri’ quien por repetidas ocasiones los había inducido a sublevarse y fugarse, según confesión de los mismos indios.”
Desde la lente del historiador, el término “carácter indómito” funciona como una herramienta legal para deshumanizar al trabajador. Si el indio es “ingobernable” por naturaleza, el uso de la fuerza del Estado y de las armas Remington del Ingenio queda, ante los ojos del Juez Mujica, plenamente justificado.

Resulta escalofriante observar la unanimidad del relato patronal. Desde el mayordomo hasta el personal técnico, todos sostienen que los indígenas vivían en una suerte de idilio laboral. Los testimonios del ingeniero Juan Chavanne y el mecánico Guillermo Gouchard refuerzan esta visión: Sobre la Alimentación aseguraban que era de “clase y cantidad suficiente para satisfacerlos” acerca del trato: Afirmaban que eran “perfectamente bien atendidos y considerados” y así concluían que la fuga surge por una espontánea e injustificada voluntad de los trabajadores que todos sabían fueron traídos y eran retenidos a la fuerza. Sostenían además que solo huyeron por “sugestiones” externas del cacique Palaquiri.
Esta es la gran ceguera del archivo oficial. Si el trato era perfecto, ¿por qué construir lanzas con varillas de hierro? ¿Por qué lanzarse al río en balsas precarias? La respuesta es obvia para nosotros, pero invisible para los empleados de Roca: para los Tobas, la autonomía comunitaria valía más que las raciones de comida del Ingenio San Juan.
La persecución fue una movilización total del establecimiento. Mientras Hummel organizaba la partida en una canoa, el cocinero Esteban Daneri entraba en la habitación del ingeniero Chavanne para recoger cartuchos de Remington. El contraste tecnológico era brutal: de un lado, las “jangadas” de palos atados; del otro, una canoa armada y el vapor “Huascar” anclado frente al puerto, cuyo baqueano, Teófilo López, se sumó a la caza tras ser despertado por el “rumor de gente” en el canal.
Al ser alcanzados en medio del río, los Tobas no se rindieron. El sumario afirma que cuando Hummel les ordenó regresar prometiendo un perdón vacío, unos 10 o 12 jóvenes “robustos” se lanzaron al agua y en una escena de valentía desesperada, nadaron hacia la canoa de sus perseguidores con el objetivo de “echarla a pique”. El expediente afirma que lo hicieron sin que los guardias les hayan disparado antes pero también este documento menciona que muchas mujeres tobas también dejaron la balsa de troncos arrojándose al agua, estaban sumergidas hasta la cabeza, cargando a sus hijos sobre los hombros, y aun así dejaron la seguridad de la improvisada embarcación, aquí creemos que fueron los tobas atacados en su huida y solo entonces las mujeres intentaron salvar sus vidas y las de sus hijos en tanto los hombres que estaban en condición de defenderlas intentaron abordar la embarcación de sus perseguidores para proteger el escape del resto.
Según el documento judicial fue solo entonces cuando Hummel dio la orden de “hacer fuego”. Las descargas de fusil en la negrura de la noche provocaron una “espantosa confusión”. Entre el humo de la pólvora y los gritos, hombres, mujeres y niños se arrojaron a las aguas gélidas del Paraná.
El saldo de la madrugada fue la desarticulación del éxodo. El río, que debía ser el camino hacia la costa paraguaya y la libertad, se convirtió en una trampa mortal.
Para los que lograron cruzar, el territorio se convirtió en su único aliado. Para los que quedaron atrás, el sumario judicial se encargó de silenciar sus motivos, reduciendo su gesta a un acto de ingratitud hacia el General Roca.
El sumario del Ingenio San Juan es un recordatorio de que los archivos no siempre cuentan la verdad; a menudo, solo cuentan la versión que el poder necesita archivar. Nos habla de indios “indómitos” y de patrones “bondadosos”, pero entre líneas leemos la historia de una comunidad que prefirió la posibilidad de morir ahogada a la certeza de vivir encadenada a la zafra.
Al cerrar este expediente de 1888, nos queda una reflexión sobre la memoria y el poder: ¿Cómo se contaría esta historia si el Cacique Palaquiri hubiera tenido una pluma en lugar de una balsa? Tal vez no leeríamos sobre una “fuga”, sino sobre la heroica travesía de un pueblo que buscaba recuperar su derecho a existir fuera de la sombra de un General.