El Oro Líquido de la Selva.  Los Secretos Ancestrales de la Miel en Misiones

"Lo dulce y lo amargo de la Miel en Misiones" Esta obra de Pablo Fernando Müller analiza la trayectoria histórica y cultural de la apicultura y la meliponicultura en la región de Misiones. El texto resalta el vínculo ancestral de pueblos como los guaraníes, kaingangués y aché guayakí con las abejas nativas, quienes aprovechaban la miel, la cera y las larvas para su sustento y medicina.

LO DULCE LO AMARGO DE LA MIEL EN MISIONES
reseñanmos y resumimos parcialmente un interesante trabajo de Pablo F. Muller

“Lo dulce y lo amargo de la Miel en Misiones” Esta obra de Pablo Fernando Müller analiza la trayectoria histórica y cultural de la apicultura y la meliponicultura en la región de Misiones. El texto resalta el vínculo ancestral de pueblos como los guaraníes, kaingangués y aché guayakí con las abejas nativas, quienes aprovechaban la miel, la cera y las larvas para su sustento y medicina. Se detalla cómo la llegada de la especie europea Apis mellifera a través de las misiones jesuíticas y corrientes migratorias transformó las prácticas locales de recolección. El autor también examina la diversidad de especies autóctonas, las técnicas tradicionales de extracción y los riesgos de consumir ciertas mieles silvestres. Finalmente, se destaca el hito legal de 2019, cuando la miel de abejas sin aguijón fue formalmente reconocida en el Código Alimentario Argentino, impulsando la protección de la biodiversidad regional.

La selva misionera no es simplemente un paisaje; es un organismo vivo que respira a través de una atmósfera saturada de polen, resinas y una humedad que envuelve los sentidos. En este escenario intrincado, la modernidad suele caminar con paso distraído, olvidando que la supervivencia en estos territorios —alguna vez considerados fronteras inhóspitas— no dependía de la fuerza bruta, sino de una alianza acendrada con los recursos del monte. Entre ellos, la miel de abejas nativas emerge como un tesoro escondido; mucho más que un simple deleite dulce, fue la medicina, la moneda y el combustible vital que permitió a los exploradores trazar los límites de nuestra geografía cuando el mapa no era más que un vacío verde.

Para el historiador, el murmullo de las abejas en el hueco de un Alecrín o un Enterolobium timbouva cuenta relatos de una sofisticación cultural asombrosa. Entender la miel en Misiones exige sumergirse en una historia donde lo sagrado y lo práctico se funden. Fue este “oro líquido” el que sostuvo expediciones épicas y el que hoy, tras siglos de sombra, reclama su lugar como un pilar de la biodiversidad cultural. A continuación, desentrañamos los secretos de este vínculo ancestral que une al hombre con las pequeñas arquitectas de la selva.

El arte de no destruir la colmena “la Sostenibilidad ancestral”

Mientras los métodos coloniales solían priorizar la inmediatez —a menudo sacrificando la vida de la colonia para obtener el botín—, los pueblos originarios practicaban una ética de conservación que hoy calificaríamos de vanguardista. Los Kaingangués, conocidos en la región como Tupís o Coronados (debido a su distintivo corte de cabello en forma de corona), veían en la colmena un ciclo de renovación constante que no debía interrumpirse.

Su técnica de recolección era un acto de respeto hacia la labor de las abejas. Al detectar un nido en el corazón de los grandes árboles, los recolectores no procedían a la tala ni al incendio. Con una destreza quirúrgica, extraían solo lo necesario, utilizando canutos de Tacuara o recipientes de Porongo. El cronista Juan B. Ambrosetti capturó la esencia de esta prodigalidad en sus registros de finales del siglo XIX:

“…dejaban en el hueco parte de las crías y trataban de tapar, de algún modo, con los fragmentos de madera el agujero hecho, a fin de que las abejas compongan la colmena y continúen su incesante labor hasta que vuelva otra vez el hombre” (Ambrosetti, 1895b).

Esta técnica revela que la “mirada ávida” del recolector no era meramente extractiva. Existía una comprensión profunda de que la salud del monte era su propia salud. Al sellar el orificio con fragmentos de madera, el indígena permitía que la colonia sanara sus heridas, asegurando que, en la siguiente estación, el murmullo de las abejas continuara guiándolo hacia el sustento.

Más que alimento moneda y pegamento social

Dentro del universo de los Mbya-Guaraní, la miel trascendía la mesa para convertirse en un elemento de cohesión social y económica. Mucho antes de que el dinero impreso circulara por estas tierras, la miel funcionaba como una verdadera “moneda de cambio”, transada junto al tabaco y la yerba mate en un sistema de reciprocidad que mantenía el equilibrio de la comunidad.

La importancia de este recurso se manifestaba en los momentos más sagrados y comunitarios. La miel es el alma de preparaciones como el Mboyape, un pan de maíz que se consume con miel y que desempeña un rol central en los ceremoniales religiosos para atraer buenos augurios. También es ingrediente del Rora, otra preparación a base de maíz que requiere de este dulzor para su plenitud. Tras la cosecha, se formaban las “rondas de miel”, donde las familias compartían el botín bajo la protección de las copas de los árboles, transformando el alimento en un pegamento social que reforzaba la identidad del grupo.

Incluso los residuos de la colmena tenían un propósito elevado. El propóleo, denominado Ychy, se transformaba en la materia prima para las pinturas faciales y corporales. Estas marcas no eran estéticas, sino herramientas de distinción étnica; una caligrafía de la piel que permitía reconocer la pertenencia a un linaje en la inmensidad del follaje.

No todo es dulce; El fenómeno de la “miel que paraliza”

La selva es generosa, pero también impone una pedagogía del peligro. El conocimiento indígena sobre las abejas incluía una clasificación farmacológica tan rigurosa que distinguía qué mieles eran elixires y cuáles eran venenos temporales. No toda miel silvestre es segura, y el monte misionero guarda variedades capaces de doblegar al hombre más fuerte.

La miel de la abeja Iratí, por ejemplo, es temida por producir un curioso fenómeno de parálisis corporal. Por otro lado, el naturalista Félix de Azara documentó los efectos de la miel de la especie Cabatatú, la cual provoca una “borrachera” tan violenta como la del aguardiente, acompañada de convulsiones y dolores de cabeza punzantes que, según sus registros, terminan al cabo de treinta horas. La sofisticación de este saber se nota en dos pilares:

La Estacionalidad: Los indígenas sabían que el estado de la miel varía. Por ejemplo, advertían que la miel de la avispa Eichu (Brachygastra lecheguana) se vuelve agria o incluso tóxica durante el invierno, prohibiendo su consumo en esa estación.

La Farmacopea de Emergencia: Ante los efectos de las mieles peligrosas, los Tupís aplicaban una lógica de “similitud” farmacológica. Ambrosetti recogió el remedio para la parálisis de la Iratí:

“…cuyo remedio es, según afirman, para neutralizar sus efectos, la misma miel caliente” (Ambrosetti, 1895b).

Tras más de un siglo de invisibilidad legal, el año 2019 marcó un hito histórico que podemos definir como un acto de “descolonización del paladar”. Durante décadas, el Código Alimentario Argentino (CAA) solo reconocía como “miel” al producto de la abeja europea (Apis mellifera), desplazando a las especies nativas a la marginalidad comercial.

Mediante la incorporación del artículo 783 bis al CAA, se reconoció formalmente a la miel de la abeja Tetragonisca fiebrigi, nuestra querida Yateí (o rubiecita). Este cambio de paradigma representa una victoria de la biodiversidad sobre el modelo industrial europeo, validando un producto que posee propiedades medicinales únicas —utilizado ancestralmente para dolencias oculares y respiratorias bajo el nombre de Yateí rykue’i—.

Este reconocimiento legal impulsó en Misiones la creación del Registro Provincial de Meliponicultores, bajo la Dirección General de Ecología y Calidad Ambiental. El objetivo es claro: pasar de la recolección azarosa a una producción formal basada en el rescate y la conservación de colonias, profesionalizando a quienes custodian este legado en el monte.

Hacia una nueva “conquista” de la selva

La historia de Misiones se ha escrito con el sudor de hombres que dependieron de estas abejas. En la expedición de 1876 liderada por Fructuoso Dutra, el diario del joven Adan Lucchesi revela que el grupo logró avanzar por terrenos vírgenes gracias a la abundancia del monte; en sus registros consta que obtenían miel de un promedio mayor a dos nidos de abejas por día. En aquel entonces, la miel era el recurso crítico que separaba la exploración exitosa de la tragedia.

Hoy, nuestra relación con la selva ha cambiado. Ya no buscamos “conquistar” el territorio, sino preservarlo de la devastación. Las abejas nativas han pasado de ser el sustento del explorador a ser el indicador de salud de nuestro ecosistema. Al proteger a la Yateí y sus parientes, no solo resguardamos un alimento exquisito, sino que aseguramos la polinización de la flora que define nuestra identidad.

En un mundo que busca desesperadamente modelos de sostenibilidad, nos queda una reflexión final: ¿será que la humilde protección de estas abejas sin aguijón es, en realidad, la clave maestra para rescatar lo último que late en el corazón sagrado de la selva misionera?