Todos crecimos con la misma imagen: la Marcha de San Lorenzo sonando en algún acto escolar, y ahí, en el centro de la escena, el sargento Cabral sosteniendo el caballo de San Martín mientras cae herido de muerte bajo el sol correntino. Es una postal que llevamos grabada casi sin cuestionarla.
Pero en los últimos años, historiadores como Julio Romay, María Elena Fonsalido y Matías González —este último oriundo de Saladas, la tierra donde nació el propio Cabral— se metieron en los archivos con una pregunta simple: ¿qué es lo que realmente sabemos sobre este hombre, más allá del bronce? Lo que encontraron no borra al héroe. Lo vuelve más humano, más complejo y, en varios sentidos, más conmovedor.
Repasemos, entonces, el estado actual de la cuestión.
Un origen que la historia oficial prefirió no contar
Durante casi doscientos años, los libros de texto lo presentaron como un mestizo o un soldado de raíces guaraníes. Sin embargo, la investigación publicada en 2023 por Matías González y Julio Romay cambió el panorama: revisando el Archivo Histórico de la Provincia de Corrientes, hallaron actas de compra-venta de esclavos que identifican a sus padres, Francisco y Carmen Robledo —conocida como “la negra Carmen”—, ambos de ascendencia africana y esclavizados por la familia Cabral.
Vale la pena detenerse en un dato legal que lo explica todo: bajo las Leyes de Indias, los pueblos indígenas no podían ser sometidos a esclavitud. Esa condición estaba reservada exclusivamente a las personas africanas y sus descendientes. Por eso, cuando la tradición del siglo XIX eligió llamarlo “guaraní” en lugar de “afrodescendiente”, no fue un detalle inocente: fue una forma de acomodar al héroe a una idea de nación que prefería no mirar de frente sus propias raíces africanas.
Como resume González:
“Tenemos confirmado en un 100% tanto al padre como a la madre a través de escrituras de compra-venta de esclavos, que eran afrodescendientes, y por lo que Juan Bautista también lo sería.”
Es un dato que no le quita nada a su historia. Al contrario: nos habla de un joven que nació bajo la marca de la esclavitud y terminó dando la vida por la libertad de una patria que todavía no lo consideraba, en los papeles, un hombre libre.
¿Sargento? Los registros dicen otra cosa
Otro de los mitos más instalados es el del “sargento Cabral”. Sin embargo, su ficha de ingreso al regimiento de Granaderos a Caballo, fechada el 19 de noviembre de 1812, lo registra como soldado raso, y todo indica que ese fue su rango hasta el día de su muerte.
El propio Estado de la época lo confirma sin ambigüedades: el decreto del 6 de marzo de 1813, que ordenó honrar su memoria, dispuso colocar en la puerta del cuartel un cartel con esta inscripción: “Al soldado Juan Bautista Cabral, muerto en la acción de San Lorenzo el 3 de febrero del 1813”. Ni una palabra sobre grados de sargento.
El título que hoy lleva en calles y escuelas parece haberse consolidado más tarde, por tradición oral y por la literatura histórica posterior, no por los registros militares de 1813. Curiosamente, esto no achica su figura: el gobierno de entonces quiso honrar justamente al soldado común, al hombre de tropa, y eso también dice algo sobre qué tipo de sacrificio se estaba reconociendo.
La escena del rescate: entre la crónica y la épica literaria
Acá llegamos, quizás, al punto más debatido. La imagen de Cabral levantando a San Martín de su caballo caído, mientras el granadero Baigorria lancea al realista que lo amenazaba, es el corazón mismo del relato heroico. Pero la historiadora María Elena Fonsalido, en un estudio de 2022, propone una lectura distinta: sostiene que buena parte de esa escena tal como la conocemos fue moldeada por Bartolomé Mitre en su obra de 1887, casi tres cuartos de siglo después de los hechos.
Fonsalido encuentra incluso un posible modelo literario: la historia de Gonzalo Fernández de Córdoba, “El Gran Capitán”, durante la toma de Granada en 1491, donde un soldado también le habría cedido su caballo al comandante y muerto en el intento. Un dato que refuerza esta hipótesis es que San Martín, en su parte oficial del mismo 3 de febrero de 1813, no menciona ni la caída del caballo ni el rescate.
Esto no significa que el sacrificio de Cabral sea inventado —eso está fuera de discusión—, sino que la coreografía exacta de ese instante, tal como la aprendimos, podría deberle más a la pluma de un historiador del siglo XIX construyendo un mito fundacional que a un testimonio directo del campo de batalla. Así lo plantea Fonsalido:
“La caída del caballo de San Martín en San Lorenzo y el salvataje de Cabral son un mito de origen creado por Bartolomé Mitre.”
Es un debate abierto, y como tal, vale la pena conocerlo sin apurar veredictos.
Un secreto de familia: ¿quién fue realmente su padre?
Hay un documento que agrega una capa más de misterio a esta historia: un testamento hológrafo de Luis Cabral —hijo de los dueños de sus padres— dirigido a su esposa, Tomasa de Casajús. Según revela el historiador Antonio Emilio Castello, en ese texto Luis le confía un secreto de familia: que Juan Bautista habría sido en realidad hijo natural de su hermano, el cura José Cabral, y de la esclava Carmen Robledo.
El testamento no se queda solo en la revelación: detalla una herencia concreta destinada a él, veinticinco vacas, cien caballos y cinco onzas de oro, algo poco habitual para alguien nacido en la esclavitud. Sea cual haya sido su verdadero origen paterno —el esclavo Francisco o el sacerdote José—, el punto en común de ambas versiones es el mismo: Cabral nació bajo la condición de esclavo y, pese a eso, su nombre terminó inscripto para siempre en la historia de la independencia.
Lo único que tenemos de primera mano: sus últimas palabras
En medio de tantas capas de mito y reconstrucción, hay un documento que sí es contemporáneo a los hechos: la carta que San Martín envió al Triunvirato el 27 de febrero de 1813, apenas tres semanas después del combate. Ahí no aparece la frase cinematográfica que popularizó Mitre (“¡Muero contento! ¡Hemos batido al enemigo!”), sino un relato más sobrio, que igual conmueve:
“Cuento entre estos… a la familia del granadero Juan Bautista Cabral, natural de Corrientes, que atravesado el cuerpo con dos heridas no se le oyeron otros ayes que los de ‘¡Viva la patria, muero contento por haber batido a los enemigos!’; efectivamente a las pocas horas feneció repitiendo las mismas palabras.”
Sin adornos ni coreografías, esa carta alcanza para entender por qué, más de dos siglos después, seguimos hablando de él.
Entonces, ¿qué sabemos hoy sobre Cabral?
Sabemos que nació esclavo, en Saladas, hijo de Francisco y Carmen Robledo, con ascendencia africana confirmada por documentos de archivo. Sabemos que ingresó como soldado raso y que, según los registros oficiales, ese fue su rango hasta el final. Sabemos, por la propia pluma de San Martín, que murió repitiendo su compromiso con la causa patria hasta el último aliento. Y sabemos también que buena parte de la escena que nos enseñaron en la escuela —el caballo, el rescate coreografiado— tiene, según algunas lecturas historiográficas, más de construcción narrativa del siglo XIX que de crónica de campaña.
Nada de esto lo empequeñece. Si acaso, lo agranda: estamos hablando de un joven que nació sin libertad, en una sociedad que no lo consideraba plenamente un ciudadano, y que aun así entregó su vida por la libertad de todos. Ese contraste —entre el origen humilde, casi invisibilizado, y el gesto final de entrega total— es quizás lo más elocuente de toda su historia, más allá de si llevó o no galones de sargento, o de cómo exactamente cayó ese caballo.
La investigación histórica sigue abierta, los archivos de Corrientes y Saladas todavía tienen cosas para decirnos, y probablemente esta no sea la última vez que revisemos lo que creíamos saber sobre Juan Bautista Cabral. Mientras tanto, nos queda una pregunta que vale la pena dejar picando: ¿cuántos otros protagonistas de nuestra independencia siguen esperando, en algún archivo provincial, que alguien vuelva a mirarlos con atención?
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