El tornado de Encarnación 1926

Sep 15, 2026 | 0 comments

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La Noche Triste de Encarnación: cuando un tornado sobre el Paraná unió de nuevo a las ciudades vecinas

A un siglo de la tromba fluvial que arrasó la Zona Baja, la historia conocida como El tornado de Encarnación de 1926 sigue siendo, sobre todo, una historia de personas: un fogonero que no huyó, un cura y un vecino que remaron con palas en la oscuridad, una madre que sacó a sus ocho hijos de entre los escombros antes de morir.

Eran las 18:20 del lunes 20 de septiembre de 1926. Y en cuestión de segundos, Encarnación, la próspera ciudad portuaria paraguaya frente a Posadas, dejó de ser la que era.

Una semana de presagios

Nadie lo vio venir del todo, pero el cuerpo de la ciudad lo sentía. Desde el 14 de septiembre, el aire se había vuelto pesado, casi irrespirable, con un calor extraño para el final del invierno. El sábado 18 y el domingo 19 cayeron lluvias torrenciales que, lejos de aliviar la temperatura, dejaron una sensación de tensión suspendida en el ambiente.

El lunes a las cinco y media de la tarde, los pasajeros de la última lancha que cruzaba hacia Posadas fueron testigos de un cielo partido en dos: hacia el oeste, un atardecer rojo-anaranjado surcado de franjas doradas; hacia el norte, una sombra oscurísima que devoraba la luz. Faltaba menos de una hora para que esa calma inquietante se rompiera en pedazos.

El minuto que lo cambió todo

Lo que golpeó a Encarnación no fue una tormenta común. El cronista Orangel Delmar, que documentó la tragedia en 1928, lo describió como el choque de dos corrientes de viento —una que venía del sur desde Posadas, otra que soplaba del oeste sobre Encarnación— encontrándose de forma perpendicular sobre el río Paraná. De ese choque nació lo que se conoció como el “torbellino” o tromba fluvial.

Durante lo que los sobrevivientes recordarían como “un minuto espantoso”, el viento huracanado convirtió las chapas de zinc de los techos en auténticas guadañas voladoras, capaces de segar vidas y enroscarse en los postes como si fueran cintas de papel. Las paredes de madera y material cayeron hacia adentro o hacia afuera sin previo aviso, sepultando a familias que, ingenuas, se habían refugiado en las habitaciones interiores buscando protegerse de la lluvia.

Cuando el viento amainó, la ciudad quedó a oscuras, cubierta por medio metro de agua y con las calles bloqueadas por un amasijo de vigas, cables caídos y árboles. El silencio de los dínamos de la usina eléctrica, apagados, fue el primer indicio de que algo más se había roto además de los edificios.

El relato de primera mano de un testigo presencial

El historiador encarnaceno Julio Sotelo (†) transcribió el relato de un testigo y sobreviviente, Javier Guajardo Bustamante, quien contó:

«El tornado, absorbiendo una masa enorme de agua, la que, lanzada luego en vertiginoso movimiento giratorio en espiral, produjo una bajante momentánea de la orilla del río, donde se formó la tromba que tumbó y hundió las quince o veinte lanchas que se encontraban ancladas a poco fondo. Destruyó cuanto encontraba a su paso, derrumbó casas en un instante, arrancó de raíz a todos los árboles, quebró los postes del alumbrado que cayeron con sus cables intactos […]

Promovió una danza infernal de millares de chapas de zinc, las que, arrancadas de los techos, volaron con suma velocidad, chocando entre sí, produciendo un ruido espantoso e indescriptible, enroscándose muchas de ellas en los postes, ramas y troncos de los árboles como si fueran tiras de papel y destruyendo a cuanto alcanzaron a tocar con sus aristas filosas, que se convertían en guadañas satánicas, sembrando las casas de muertos y heridos»,

[Citado en: Zub, Roberto. “Encarnación, una mirada introspectiva a cuatro siglos de historia” pp. 105].

Una ciudad decapitada

El corazón comercial y portuario de Encarnación, la llamada Ciudad Baja, quedó prácticamente borrado. Cayeron el Banco de la República —cuyo colapso sepultó a su gerente, Carlos L. Pinard—, el Club Social, la Usina Eléctrica, el Hotel Internacional y el Teatro Granados. De unas 500 viviendas destruidas, entre 200 y 250 eran casas de madera reducidas a astillas.

El saldo humano fue devastador: se estima que murieron 200 personas y más de 500 resultaron heridas, cifras enormes para la densidad de población de la época. Entre las ruinas se encontraron escenas que hoy todavía duelen de leer: la familia Castelnovo, padres e hijos abrazados en un último gesto de protección; la familia siria de Teófilo S. Chemez, que perdió a cinco de sus miembros y quedó reducida a él y su esposa; Salomón Yunis, que vio desaparecer a sus tres hijos —Asis, Luis y Nasis—; los niños de la familia Troche, sorprendidos junto al joven Bernardo Gehre en el Centro Social.

El fogonero que no huyó

En medio de ese caos apareció una de las figuras más recordadas de la tragedia: Juan Perotti, también citado como Pedotti, un foguista de la Usina Eléctrica, hijo de inmigrantes italianos. Cuando los edificios empezaron a caer a su alrededor, Perotti no corrió hacia la salida. Corrió hacia los tableros de mando.

Su decisión de bajar las llaves maestras y apagar los motores antes de que el edificio lo sepultara evitó algo mucho peor: que los cables eléctricos, caídos sobre calles ya inundadas, electrocutaran en masa a los sobrevivientes que buscaban refugio. Perotti murió en el acto, no se sabe bien si por electrocución o aplastado. Su cuerpo fue hallado bajo los escombros en su puesto de trabajo. Delmar lo llamaría, sin exagerar demasiado, “el verdadero héroe y mártir de tan tristísima noche”.

No fue el único héroe martirizado esa noche. Leonarda V. de Gamón, gravemente herida y perdiendo sangre, removió escombros con sus propias manos hasta rescatar, uno por uno, a sus ocho hijos. Solo cuando el último estuvo a salvo en el Hotel Schultz —dañado pero convertido en refugio improvisado— se desplomó y murió desangrada. En el puerto, empleados de la aduana como Delvalle, Arias y Cáceres organizaron el rescate con planchas de zinc a falta de camillas, y montaron guardias armadas para evitar saqueos en medio del desastre.

Cruzar el río con palas

Con la ciudad completamente incomunicada, alguien tenía que llegar a Posadas y dar la alarma. Esa tarea recayó en dos hombres: el padre José Kreusser y un vecino, Jorge Memmel.

Cuando llegaron al puerto buscando un bote, encontraron las lanchas hundidas. Solo hallaron una embarcación pequeña y ni un solo remo, así que hicieron lo único que podían hacer: remaron con palas. Cruzaron cerca de 3.000 metros de río agitado, en plena oscuridad, alrededor de las nueve de la noche: Memmel forzando el cuerpo contra la corriente, Kreusser sosteniendo el ánimo de los dos.

Cuando por fin llegaron a la Casa de Gobierno de Posadas, se toparon con algo que hoy parece casi cruel: una fiesta estudiantil en pleno desarrollo, ajena por completo a lo que ocurría del otro lado del río. Irrumpieron como pudieron para dar la voz de alarma, y esa irrupción bastó para activar toda la maquinaria de auxilio de la provincia de Misiones, bajo las órdenes del gobernador Héctor Barreyro.

En Asunción, la noticia se conoció a las 5:45 del martes 21 de septiembre, gracias a un escueto telegrama transmitido desde Posadas y firmado por el Sr. Appleyard. El telegrama decía: “Ayer 6 y 45 (pm) un fuerte ciclón arrasó la mayor parte de Encarnación, ciudad baja. Hay numerosas víctimas”.

El río se convirtió en puente

Lo que siguió fue una de esas respuestas colectivas que, más de noventa años después, siguen dando lección. Esa misma noche cruzaron médicos —entre ellos los doctores Barreyro y Torres— junto a Hermanas de Caridad. Los ferrobarcos se transformaron en hospitales flotantes; la Logia Roque Pérez, en centro de atención masiva.

Desde Asunción, el administrador del ferrocarril, Elias Thomas, cedió gratuitamente su propio coche y los servicios de la empresa para que un tren especial llegara en apenas siete horas; lo usual era que llegara en 14 horas. Arribaron a Encarnación en mitad de tiempo con el vicepresidente, ministros y tropas del Regimiento de Caballería a bordo. La ciudad de Villarrica envió la suma, enorme para la época, de 45.000 pesos. Y la ayuda siguió llegando desde Buenos Aires, Montevideo, Alemania e incluso desde el Lloyd Brasilero.

Orangel Delmar resumiría el fenómeno con una frase que todavía se cita: que después de esa noche, el aislamiento entre los pueblos había terminado, y las fronteras habían dejado de ser barreras.

La Logia que se inauguró como pabellón de emergencias

La logia Roque Pérez (N.º 65) tenía previsto inaugurar su nuevo templo en la calle Córdoba de Posadas el 21 de septiembre de 1926. Tras el paso del ciclón la noche anterior, y luego del pedido de auxilio traído por el masón encarnaceno Jorge Memmel, abrió de inmediato sus instalaciones para atender a los heridos que desbordaban los hospitales de la ciudad. Además, organizó campañas de recolección de fondos entre las distintas logias de Argentina para enviar ayuda económica a los damnificados de Encarnación.

Sus miembros también impulsaron una campaña comunitaria que permitió reconstruir la destruida Escuelita del Puerto de Encarnación, luego bautizada como Escuela Argentina.

Una deuda que se volvió piedra

El 27 de enero de 1927, Encarnación decidió que el agradecimiento no podía quedar solo en palabras. Le otorgó la ciudadanía paraguaya honoraria al padre José Kreusser y a Jorge Memmel, reconociendo que el heroísmo, cuando es real, no tiene pasaporte.

Ese vínculo quedó tallado también en el espacio urbano: en Posadas se construyó el Parque República del Paraguay, y al pie de la Estatua de la Libertad se levantó un monolito que resume, en piedra, lo que se podría llamar una deuda moral perpetua.

Hay, además, un detalle casi poético en cómo se conservó esta historia: el libro original de Orangel Delmar se imprimió con tipos de imprenta que habían sido literalmente rescatados del lodo tras la catástrofe, lavados uno por uno para poder volver a usarse. Con esas mismas letras dañadas y rescatadas, la ciudad encontró la forma de contar su propia historia.

¿Por qué esta historia importa hoy?

Casi cien años después, el tornado de Encarnación no se recuerda solo por los edificios que se perdieron —el Banco de la República, la Usina, el Teatro Granados—, sino por lo que ocurrió entre las personas cuando esos edificios ya no estaban. Un obrero que eligió apagar una usina en vez de salvarse. Un cura y un vecino que cruzaron un río con palas en lugar de remos. Una madre que encontró fuerzas para salvar a ocho hijos antes de morir. Y una ciudad entera, del otro lado de la frontera, que dejó una fiesta para ponerse a trabajar.

Quizás esa sea la lección que sigue vigente: que las fronteras, cuando de verdad importa, se cruzan con lo que se tenga a mano —aunque sean solo un par de palas.

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Autor: Julio Cantero

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Ramón Ruda Dorrego fue un fotógrafo argentino nacido el 19 de enero de 1880 en Posadas. Inicialmente trabajó como maestro de grado en Concepción de la Sierra, Misiones, pero luego se dedicó de manera autodidacta a la fotografía profesional.[1]

 A comienzos del siglo XX (alrededor de 1900) abrió su primer estudio fotográfico en una casona de la calle San Martín en Posadas.