El 5 de septiembre de 1820, José Gervasio Artigas llegó al Paso de Itapúa, frente a la actual ciudad de Posadas, para pedir asilo en el Paraguay. No fue un cruce cualquiera ni un episodio aislado: detrás de aquella escena había casi una década de disputas políticas, tensiones de frontera, movimientos militares y sueños federales que tuvieron a Misiones como uno de sus escenarios principales.
Misiones, una tierra en disputa
Para entender por qué Artigas terminó cruzando por Itapúa, hay que volver a los años posteriores a la Revolución de Mayo. Misiones era entonces un territorio clave: estaba ubicada entre el Paraguay, Corrientes, el Brasil portugués y el litoral artiguista. Sus pueblos, sus pasos sobre los ríos, sus yerbales y su ganado la convertían en una región codiciada y permanentemente atravesada por intereses distintos.
En 1811, Manuel Belgrano acordó con las autoridades paraguayas la custodia del departamento de Candelaria. La intención era evitar nuevos conflictos y mantener abierta la posibilidad de una futura unidad política entre las provincias. Pero el Paraguay tomó pronto otro camino: en diciembre de ese mismo año consolidó su independencia de hecho y optó por una política de aislamiento, evitando involucrarse en las campañas contra los realistas españoles.
Esa decisión modificó el equilibrio regional. El Paraguay buscó asegurar sus fronteras y controlar puntos estratégicos sobre el Paraná. En 1814 ocupó también el departamento de Concepción, sobre la costa del Uruguay, acercándose a los dominios portugueses del Brasil y abriendo una posible vía comercial alternativa frente a la presión de Buenos Aires.
Al mismo tiempo, Buenos Aires intentó limitar la influencia de Artigas en la región. El Directorio, mediante un decreto de Gervasio Posadas, creó la provincia de Corrientes y le anexó Misiones. En la práctica, esa medida desconocía la autonomía misionera y subordinaba sus pueblos a otra jurisdicción. Para el proyecto federal artiguista, que defendía el autogobierno de los pueblos, aquello era inaceptable.
La respuesta de Artigas fue confiar la defensa de Misiones a Andrés Guacurarí, conocido como Andresito. En 1815 lo nombró Comandante General de Misiones con una misión clara: recuperar los territorios ocupados y devolver a los pueblos misioneros la posibilidad de gobernarse por sí mismos. La orden era directa: los paraguayos debían repasar el Paraná y mantenerse dentro de su provincia.
Hacia septiembre de 1815, Andresito logró desalojar a las fuerzas paraguayas de Concepción y Candelaria. Aquella campaña no fue solo una acción militar: significó la afirmación de una idea política. Misiones no debía ser una zona administrada desde Asunción, Buenos Aires o Corrientes, sino una tierra con voz propia dentro del proyecto federal de la Liga de los Pueblos Libres.
Pero la recuperación fue breve y dolorosa. En 1817, fuerzas paraguayas arrasaron pueblos del margen izquierdo del Paraná en la zona de Candelaria: trasladaron población por la fuerza, expropiaron ganado e incendiaron asentamientos. En 1821, los restos de la población reunida en San Ignacio y en el campamento de Ñu Guazú, bajo el liderazgo de Aripí, también fueron atacados. La frontera se volvió un espacio de vigilancia, temor y despoblamiento.
Itapúa: paso, frontera y punto de decisión
En ese mapa de tensiones, el Paso de Itapúa ocupaba un lugar central. No era solamente una orilla para cruzar el Paraná: era un punto de comercio, comunicación, vigilancia y negociación política. Por allí circulaban noticias, personas, animales, yerba mate y también proyectos de poder. Su emplazamiento explica por qué este sitio, hoy territorio de la ciudad de Posadas, aparece una y otra vez en las fuentes vinculadas al final del ciclo artiguista.
Antes de su exilio, Artigas mantenía vínculos con Vicente Antonio Matiauda, comandante de Itapúa. Desde allí se articulaban intercambios de ganado de las Misiones Orientales por yerba mate, y también contactos políticos con sectores paraguayos cercanos al federalismo. Matiauda, vinculado a Fulgencio Yegros, llegó incluso a abandonar su puesto para apoyar militarmente a Artigas contra fuerzas leales a Buenos Aires en Yapeyú. Esto muestra que Itapúa era mucho más que una frontera: era un espacio vivo, donde comercio y política se mezclaban.
Después de años de guerra contra Buenos Aires, contra los portugueses y contra sus antiguos aliados del litoral, Artigas llegó derrotado y sin recursos a septiembre de 1820. Entonces se dirigió al Paso de Itapúa para solicitar refugio al gobierno paraguayo de Gaspar Rodríguez de Francia. Las fuentes del siglo XIX coinciden en señalar este punto como el lugar de su ingreso al exilio.
J. R. Rengger escribió en 1828 que Artigas se presentó frente a la misión de Itapúa para pedir asilo. Más tarde, Martín de Moussy, Gregorio Funes y Alejo Peyret reforzaron esa misma tradición. A esas voces se suma un testimonio decisivo: una comunicación del propio Francia al jefe del fuerte Borbón, donde afirma que Artigas, reducido a la última fatalidad, llegó como fugitivo al paso de Itapúa y pidió permiso para pasar sus últimos años en la república paraguaya.
Según ese relato, Francia envió una escolta de húsares para recibirlo, lo alojó primero en el convento de Mercedes y luego lo confinó en la lejana villa de San Isidro de Curuguaty. Así comenzó el largo exilio paraguayo de Artigas, lejos de los campos de batalla y de la vida política rioplatense.
La memoria local también conserva ecos de ese paso. En el “Cielito del destierro”, atribuido al soldado artiguista Ansina, aparece la imagen de un “ceibo notable”. Algunos autores han relacionado esa referencia con el antiguo nombre del arroyo Zaimán, conocido como arroyo Ceibón. Aunque no se trata de una prueba documental concluyente, el dato suma fuerza simbólica al paisaje posadeño como escenario del tránsito final de Artigas hacia el Paraguay.
Una historia para mirar desde Posadas
Recordar el paso de Artigas por Itapúa permite mirar a Posadas desde una perspectiva más profunda. La ciudad actual se levanta sobre un territorio que fue frontera, puerto, posta comercial, escenario de disputa y puerta de entrada al exilio de uno de los grandes caudillos federales del Río de la Plata. Aquel 5 de septiembre de 1820 no fue solo el final de una campaña: fue también el cierre de una etapa política y el comienzo de una memoria compartida entre Misiones, el Paraguay y el artiguismo.








