La imprenta que los guaraníes inventaron desde cero

Sep 9, 2026 | 0 comments

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Cuando pensamos en la imprenta colonial, solemos imaginar máquinas traídas en barco desde Europa, con sus tipos de plomo y sus técnicos extranjeros. Pero en las Reducciones Jesuíticas de Misiones ocurrió algo distinto y, en muchos sentidos, más extraordinario; hacia el año 1700, misioneros y artesanos guaraníes construyeron una imprenta propia, de principio a fin, con los recursos que tenían a mano. No la importaron, la inventaron.

Una herramienta fabricada por manos guaraníes, nacida de la necesidad jesuitica

La aparición de esta imprenta no fue un simple trasplante cultural, sino una auténtica hazaña de autosuficiencia técnica, algo sin comparación en toda la Cuenca del Plata. El proyecto surgió de una urgencia muy concreta; había que producir materiales para evangelizar en lengua guaraní, y durante décadas los pedidos de ayuda enviados a Europa que inicia el padre Ferrusino en 1630 terminaron en intentos fallido. Entonces dos jesuitas, el austríaco Juan Bautista Neumann y el andaluz José Serrano, fueron quienes finalmente lograron, hacia 1700, fabricar la prensa de manera local.

Hay que aclarar algo importante para entender el lugar que ocupa este taller tipográfico en la historia; no fue la primera imprenta de Sudamérica en términos cronológicos. Ese honor le corresponde a Lima, donde el impresor italiano Antonio Ricardo instaló una imprenta en 1584 también bajo el auspicio de los jesuitas, y donde se imprimieron obras como la Pragmática y la Doctrina Cristiana (a nivel continental, la primera imprenta americana había funcionado antes incluso, en México, hacia 1535-1539). Lo que sí puede afirmarse sin lugar a duda es que la imprenta misionera fue la primera del Río de la Plata y la primera creada de forma verdaderamente autóctona en la región.

Y ahí está la clave de su valor; mientras los talleres de Lima o México trajeron sus prensas, herramientas y tipos ya hechos desde Europa, la imprenta guaraní se construyó íntegramente in situ. Los misioneros y los artesanos guaraníes fabricaron la prensa con maderas locales, fundieron ellos mismos los tipos móviles en estaño y, lo más notable de todo, crearon caracteres fonéticos que no existían en ningún otro idioma, diseñados específicamente para representar los sonidos propios del guaraní. Es difícil no sonar exagerado contando lo que esto significa; un pueblo que hasta hacía muy poco no tenía escritura propia terminó no solo imprimiendo libros, sino inventando los símbolos gráficos necesarios para que su lengua pudiera plasmarse en papel. Fue, en el sentido más literal, tecnología lingüística hecha a mano.

De qué estaba hecha esta imprenta

La prensa se construyó con maderas durísimas de la región, quebracho, principalmente adaptando el diseño de los tórculos europeos a lo que el monte local podía ofrecer. Los tipos móviles, por su parte, se fundieron enteramente en estaño, un metal que los propios artesanos guaraníes extraían y trabajaban; el cronista Martín Dobrizhoffer dejó testimonio de esta composición metalúrgica tan particular.

«…no pocos de ellos imprimieron libros, y libros de gran volumen, y no solamente en lengua guaraní sino también en lengua latina, y, lo que es más, ellos mismos fundieron con estaño los caracteres o notas tipográficas» Martín Dobrizhoffer (citado por Furlong)

El trabajo de grabado alcanzó también un nivel notable. Juan Yaparí, cuya firma —”Joan. Yapari sculpsit”— aparece en una obra de 1705, es considerado el primer grabador identificado de la región, y el registro de otro grabador, Thomas Tilcara, en San Ignacio en 1728, confirma que esta destreza técnica se sostuvo en el tiempo.

Lamina grabada en libro impreso en Misiones en la que se puede ver en la parte verse en la parte inferior izquierda el nombre de “Juan Yaparí” como autor.

El sacerdote jesuita Padre Antonio Sepp dejó testimonios elocuentes sobre la asombrosa destreza técnica, habilidad manual y capacidad imitativa de los artesanos guaraníes en las misiones. En una carta dirigida a su colega Guillermo Stinglhaim, el Padre Sepp expresó su admiración por la perfección con la que los indígenas replicaban cualquier trabajo artístico o técnico europeo.

«No se puede concebir hasta dónde llega la industria de los indios para las obras de mano. Les basta ver una obra de Europa para hacer otra semejante, imitándola con tanta perfección que no es fácil saber cuál de las dos ha sido hecha en el [la provicia jesuitica del] Paraguay».

Como ejemplo concreto de esta versatilidad, Sepp destacó en sus cartas a un neófito indígena llamado Paica, quien dominaba la música, la metalurgia y el grabado.

«Tengo entre mis neófitos uno llamado Paica que hace todo género de instrumentos músicos y los toca con admirable destreza. Él mismo graba sobre el bronce, habiéndolo pulido, esferas astronómicas, órganos de nueva invención, y otras muchas obras de esta naturaleza».

Testimonio sobre los logros del taller impresor

En escritos de 1709 y 1714, el P. Sepp registró además el éxito del taller tipográfico establecido junto al Padre José Serrano, indicando que imprimieron diversos tratados en castellano y guaraní, así como los calendarios, anuarios y tablas astronómicas preparados por el Padre Buenaventura Suárez. Asimismo, observó que la principal trabajo del taller no era la falta de talento local, sino la imposibilidad de fabricar papel en la selva, obligándolos a importarlo a muy alto costo

Fue ese único insumo que no podía fabricarse localmente hasta ese entonces, el papel, q debía importarse de Europa a un costo muy elevado; lo que limitó el volumen de producción, no nos queda claro si se trata de una limitación técnica o de una prohibición política y eclesiástica lo que frustró los intentos posteriores de algunos padres, como Rico o Streicher, de fabricarlo en el lugar.

Toda esta etapa de producción llegó a un final abrupto en 1767, cuando la Corona española decretó la expulsión de la Compañía de Jesús. De un día para otro, y los talleres quedaron sin nadie que los sostuviera en marcha.

¿Qué fue de taller tipográfico misionero años después?

Casi veinte años más tarde, en 1784, el virrey Marqués de Loreto encargó a Juan Ángel de Lazcano que averiguara qué había sido de la imprenta. El 16 de enero de ese año, desde Candelaria, Francisco Piera transmitió los hallazgos que había recogido el teniente gobernador Gonzalo de Doblas en Santa María la Mayor, y el panorama era desolador.

De la estructura de madera de la prensa apenas quedaban fragmentos; estaba, según el informe, “toda hecha pedazos”. De los tipos de estaño solo se había hallado una porción mínima, equivalente a medio “celemín” una antigua unidad medida de capacidad: 1 celemín equivalía a unos 4,625 litros en Castilla y se dividía en cuatro cuartillos. Doce celemines formaban una fanega, o sea quedaban tipos móviles de estaño que cabían en un recipiente que puede contener unos 2,3 litros solamente.

Y lo más elocuente de todo es que los pobladores del lugar, sin considerar el valor histórico que tenían esas piezas que tuvieron entre las manos, habían estado fundiendo los tipos de estaño para remendar fuentes y platos de cocina. El propio informe lo dice con crudeza; de la imprenta ya solo existían los fragmentos de la prensa de madera, y los caracteres de estaño se los habían ido gastando en reparar utensilios de estaño. Este relevamiento de 1784 es la evidencia clave de que, para esa fecha, el equipo original ya estaba fragmentado y disperso, antes incluso de que Piera ordenara trasladar lo que quedaba a Candelaria.

Dos imprentas jesuíticas que no deben confundirse

Es común que se mezcle esta historia con la de otra imprenta jesuítica, la de Córdoba, así que vale la pena distinguirlas con claridad. La de Córdoba, vinculada al Colegio de Monserrat, fue importada de Europa en 1764 por el padre Gervasoni, y sus tipos eran de plomo y antimonio, el estándar europeo de la época. Mientras la imprenta de Misiones yacía en ruinas en 1784, la de Córdoba seguía operativa en Buenos Aires, y con el tiempo se convirtió en la base de la Real Imprenta de Niños Expósitos, fundada en 1780, para luego trasladarse a Salta en 1824.

Al analizar los inventarios del virrey Vértiz y el testimonio del padre Parras, quien encontró la prensa cordobesa desarmada en un sótano, queda claro que la imprenta de los Niños Expósitos no es, como a veces se supone, la misma que la de las Misiones. Se trata de dos equipos completamente distintos, uno europeo y de plomo, el de Córdoba; el otro, local y de estaño, el de Misiones, que nunca volvió a funcionar después de la expulsión de los jesuitas.

La reconstrucción de 1942 y la duda que persiste

En 1942, bajo la dirección del famoso historiador Ricardo Levene, se llevó adelante la restauración más importante para preservar lo que quedaba de estos vestigios. El resultado es la prensa que hasta hace poco podía verse en el Cabildo de Buenos Aires, armada a partir de seis componentes originales del siglo XVIII que bien detalla Furlong:

El árbol de la prensa, tallado en quebracho y recubierto con planchas de hierro; el cuadro o plancha, también de quebracho, con su cavidad para la cigüeña y sus garfios de hierro; la platina de piedra, que todavía conserva rastros de tinta; la caja de las ramas y el marco del tímpano; un fragmento del frasquete, una varilla de hierro con restos de bisagras; y una viñeta original que representa una pasionaria, una pieza pequeña pero de enorme valor arqueológico.

Ahora bien, siguiendo la tesis del historiador Guillermo Furlong, hay que ser honestos sobre los límites de lo que sabemos, si bien estos fragmentos son auténticamente jesuíticos y del siglo XVIII, no existe evidencia científica para asegurar que pertenezcan exclusivamente al taller de Misiones. Es muy probable que haya una mezcla, ya que los restos de la prensa de Córdoba (la que después viajó a Salta) y los fragmentos rescatados en Santa María terminaron confluyendo en las colecciones del Museo Histórico Nacional antes de que se armara la reconstrucción de 1942.

Entonces, ¿qué es realmente la pieza que se exhibe hoy?

La conclusión más honesta es esta; lo que se exhibe es una reconstrucción parcial, un montaje museográfico que integra seis piezas originales del siglo XVIII sobre una estructura de madera nueva. Esos fragmentos —el árbol, la platina, el cuadro, el frasquete— son legítimos y auténticos, productos reales de la industria jesuítica. Pero, dado que el informe de 1784 describe la prensa de Santa María ya “hecha pedazos” y sus tipos fundidos para otros usos, resulta imposible demostrar con certeza que la totalidad de lo que hoy se exhibe pertenezca exclusivamente a esa imprenta. Todo indica, más bien, una probable hibridación con restos de la de Córdoba.

Pero más allá de este debate sobre la procedencia exacta de cada tornillo y cada tabla, hay algo que ninguna duda documental puede opacar; el logro que representa la experiencia jesuítico guaraní relativo al desarrollo técnico y el arte de la imprenta en las antiguas misiones, ese estadio de perfeccionamiento técnico y artístico sigue siendo, sencillamente, admirable. Que un pueblo sin tradición escrita previa haya logrado construir una prensa con sus propias manos, fundir sus propios tipos y sobre todo inventar caracteres gráficos propios para representar sonidos de su idioma, tipos móviles que imprimían caracteres que no existían en ningún alfabeto europeo, es un capítulo único en la historia de la imprenta americana. No se trató de copiar una tecnología ajena, sino de adaptarla, reinventarla, adaptarla a los recursos autóctonos y ponerla al servicio de una lengua propia de esta región. Por eso, más allá de si el origen exacto de cada fragmento que circuló entre los talleres de las Doctrinas o el Colegio de Monserrat, esta pieza sigue siendo, con toda justicia, el símbolo del nacimiento del arte tipográfico en la región y un testimonio admirable del ingenio inventivo y la capacidad técnica alcanzada ya hace tres siglos por el sistema jesuítico-guaraní en nuestro suelo.  

Autor: Julio Cantero

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