originalmente publicado en este dominio el 06 Diciembre 2012
Es un hecho bien conocido que Rudecindo Roca fue el primer gobernador de Misiones. También es razonablemente sabido que se transformó en uno de los mayores terratenientes de aquel entonces «Territorio Nacional».
Lo que casi nadie cuenta en la provincia es el turbio entramado con el que obtuvo semejantes extensiones: un escandaloso combo de atropellos, secuestros y amenazas de muerte. Repasemos brevemente esta historia donde el poder, la codicia y la falta de ética caminaron de la mano.
Corría el año 1880 y la rebelión del gobernador bonaerense Carlos Tejedor puso a prueba al país. La provincia de Corrientes decidió aliarse a Buenos Aires para resistir al incipiente avance del Partido Autonomista de Julio Argentino Roca. La aventura terminó mal: sublevaciones, una efímera invasión correntina a Entre Ríos y la posterior intervención federal ordenada por el presidente Avellaneda. Tras la tormenta y el ascenso de Julio Roca a la presidencia nacional, sobrevino el cobro de facturas políticas. El Gobierno central desmembró del mapa correntino al territorio de Misiones, que hasta entonces estaba bajo su tutela. Muchos vieron en esta maniobra una abierta venganza contra Corrientes por haber respaldado al bando perdedor. Por supuesto, la historiografía aún debate la legitimidad de aquella amputación territorial. El propio Félix Luna —de quien puede decirse cualquier cosa menos que haya sido un detractor implacable de los Roca— puso en boca del presidente Julio A. Roca las siguientes palabras:
Los que quedaron más resentidos con la retención de estos nuevos territorios por parte de la Nación fueron los correntinos. Sus estancieros, la gente caté de la provincia, habían considerado como propia la región que se declaró Territorio Nacional de Misiones, y estimaron que la ley que erigió la jurisdicción cuya capital sería Posadas importaba una verdadera mutilación. Es posible que desde el punto de vista histórico fuera así, y ni siquiera niego que al hacerla no hubiera pesado en mi espíritu algún propósito de castigar a la provincia que en 1880 fue cómplice de la rebelión tejedorista.
Pero también hay que pensar lo absurdo que hubiera sido regalar a Corrientes casi el doble de su territorio y no retener para la Nación esos espléndidos bosques nacidos de la tierra colorada donde todavía pueden admirarse los vestigios de las reducciones jesuíticas. Allí fue de gobernador mi hermano Rudecindo».
Resulta llamativo ver a Félix Luna cuestionar a los «estancieros» o a la «gente caté», pero más llamativo aún es que valide una supuesta primacía correntina desde el «punto de vista histórico». Misiones fue la primera provincia de la región y gran parte de la identidad cultural y demográfica que hoy enorgullece a Corrientes proviene justamente de las poblaciones guaraníes de las antiguas reducciones jesuíticas que migraron hacia allí. La devoción popular y la profunda religiosidad mariana tienen sus raíces en este legado misionero, no en la primigenia elite criolla de la “Ciudad de Vera de las siete corrientes”. Tampoco deja de ser curioso que un historiador recurre a la primera persona para asumir la voz de su objeto de estudio, pero esa es otra discusión.
Veamos ahora cómo se entretejen las apetencias personales con las decisiones de Estado. En la correspondencia privada entre los hermanos Roca queda al descubierto el manejo patrimonialista de las instituciones. A fines de octubre de 1881, poco antes de la oficialización del Territorio Nacional de Misiones y de su posterior designación al frente de la gobernación, Rudecindo le escribía esto a su hermano, el primer mandatario del país:
He hablado a tu nombre respecto al Sr. Cáceres y me ha encargado que te diga que lo recomendará a sus amigos a fin de que sea electo diputado. ¿Qué me dices de Misiones? ¿Se expide o no la Cámara de Diputados en aquel proyecto pasado por el Senado nacionalizando aquel territorio?…
Al advertir que la pérdida del territorio era inminente, la Legislatura correntina reaccionó con una maniobra opaca y desesperada: el 22 de julio de 1881 aprobó “entre gallos y medianoche” el remate masivo de las tierras misioneras. Violando los propios procedimientos legales vigentes, dividieron el suelo en 38 gigantescas parcelas de aproximadamente 25 leguas cada una y las entregaron a cambio de simples pagarés o letras de cambio a cobrar en el futuro. Querían vaciar de propiedad pública el territorio antes de ceder la jurisdicción política. Sin embargo, en diciembre de 1881, Julio A. Roca concretó la separación formal y, en enero de 1882, nombró a su hermano Rudecindo como primer gobernador de Misiones, cuando este aún se encontraba acantonado en Corrientes al mando del Regimiento 3º de Línea.
Cualquier Estado respetuoso de la legalidad habría anulado de inmediato semejante despojo, que dejaba a la naciente Gobernación sin un solo metro de tierra pública para erigir escuelas, colonias agrícolas o sedes gubernamentales. De hecho, en el Congreso Nacional se alzaron voces de contundente rechazo que exigieron dejar sin efecto esa escandalosa enajenación.
Pese a las graves irregularidades, la escandalosa venta fue convalidada. ¿A qué se debió semejante impunidad? La respuesta es tan simple como indignante: el propio Rudecindo Roca figuraba entre los beneficiarios. De los 38 compradores originales, 29 revendieron sus parcelas a los pocos días en operaciones sospechadas de utilizar testaferros. En 11 de esos traspasos apareció la firma de Rudecindo como comprador definitivo o transitorio. Para colmo, varios oficiales bajo su mando en el Regimiento 3º de Línea (sargentos, capitanes y tenientes coroneles) actuaron como compradores iniciales. A través de este esquema, Rudecindo acumuló más de 265.000 hectáreas. Al momento de su muerte, mantenía bajo su patrimonio personal nada menos que 160.000 hectáreas en Misiones, según consta en los registros citados por Félix Luna.
Los documentos de la sucesión testamentaria del general Rudecindo Roca (Expediente N.º 5829 del Archivo de Tribunales de la Capital Federal) revelan la magnitud de su fortuna: 40.000 hectáreas en Candelaria y dos fracciones de 52.500 y 67.500 hectáreas en el Alto Paraná; a ello se sumaban 80.000 hectáreas entre La Pampa y Río Negro, 300 hectáreas en Morón (terrenos vendidos luego para la creación de Campo de Mayo), valiosos lotes urbanos en Posadas, una casona en el barrio porteño de Flores y una quinta en Totoral, Córdoba.
Mientras el Gobierno de Corrientes enviaba explicaciones formales a la Nación, se sentía tranquilo por el resguardo institucional que le daba contar como socio al hermano del propio presidente de la República. El gobernador correntino, Antonio Gallino, asumió que la operación estaba blindada y que solo restaba cobrar las obligaciones financieras contraídas… Sin embargo, pretendió cobrar en efectivo, cometiendo el «error» de exigir el cumplimiento estricto de la ley a la poderosa familia influyente.

Rudecindo pretendía que Corrientes diera por saldada la millonaria deuda argumentando que las inversiones en colonización que él realizaría eran compensación suficiente. Ante la firme y lógica negativa de Gallino de cambiar papeles legales por meras promesas, Rudecindo optó por la vía del atropello: orquestó un golpe de fuerza para derrocar al mandatario y colocar en su lugar a un sustituto dócil. Una noche, al salir de una partida de ajedrez en un club local, el gobernador Gallino fue abordado brutalmente en la calle por tropas del Regimiento 3º de Línea vestidas de civil. Lo ataron de pies y manos, lo arrojaron a una embarcación como si fuera un fardo de carga y lo confinaron secretamente en el Chaco. Para maquillar el secuestro institucional, Rudecindo alegó velar por la «seguridad» del mandatario frente a una supuesta turba revolucionaria.
Prensas de la época denunciaron abiertamente este vergonzoso atentado contra el orden republicano. A modo de testimonio de este arrebato contra la legalidad, vale rescatar una de las crónicas periodísticas contemporáneas:
En la noche del 2 de abril de 1882, el gobernador Gallino “estaba completamente inocente de que se tramaba contra él una revolución y no tenía antecedente alguno que se lo hiciera sospechar. Es verdad que un tiempo antes, su gobierno había hecho una venta de tierras en Misiones a un Jefe Nacional, y que este Jefe le había manifestado que aunque había firmado letras por el valor de esas tierras, la provincia debía darse por suficientemente paga con la colonización que de esas tierras se iba a hacer. El Sr. Gallino quedó sumamente sorprendido de semejante propuesta, contestando que eso era irrealizable, siendo necesario que las letras fueran cubiertas. El Sr. Gallino salió del Club, acompañado de don Simón Derqui, y del Dr. Susviela, Juez de Primera Instancia, conversando sobre los incidentes de la partida de ajedrez. Cuando de pronto y desde una vereda, sobre la que se proyectaba una sombra, les fue dada la voz de ¿quién vive? Tras de la voz de alto se desprendieron de la pared sombría trece individuos que avanzaron rodeando a los paseantes. Prescindiendo del Juez y de Derqui, se precipitaron al Gobernador atándolo con violencia tal, que este pudo comprender que los asaltantes eran enemigos que no le dispensaron ningún género de consideración. En la corta lucha que se originó tuvo tiempo de reconocer a algunos soldados del 3 de Línea, disfrazados. Así maniatado lo llevaron hasta orillas del río Paraná, donde esperaba una lancha, a la que lo zungaron como un fardo. Atravesando el Chaco, lo desembarcaron, e internándose en una quinta, lo pusieron bajo unos árboles a cuya sombra se agruparon. El jefe político era un ex edecán de Avellaneda, Sr. Fuentes, y había sido colocado allí por el Jefe del 3 de Línea, Coronel Rudecindo Roca. Fuentes se paseaba en la Jefatura después de haber enviado una embajada a los ministros y legisladores gallinistas, citándolos en nombre de Gallino a la policía. Estos al recibir en aislamiento la citación se trasladaron inmediatamente a la Jefatura, donde apenas entraban, como en una ratonera, eran presos. Es que aquella no era una revolución, era un complot hecho por el Coronel Rudecindo Roca secundado por el Jefe de Policía [Tte. Cnel. de Línea Ruperto Fuentes]. Una vez que estuvieron presos en la policía los adictos y parciales del Sr. Gallino, los del complot despacharon un vaporcito al Chaco, mandando decir a los que tenían preso a Gallino que podían traerlo, pues el objeto que tenían al detenerlo allí era poder maniobrar libremente en Corrientes sin que nadie les estorbara. En efecto, el vaporcito llegó y el prisionero fue traído a Corrientes, a la quinta de Vidal. Allí esperaban al Gobernador los autores del complot. Un alto Jefe de la Nación, ya muy conocido del Sr. Gallino por negociaciones de tierras en Misiones, se le presentó como Jefe de todos, diciéndole que debía felicitarse de la situación en que se hallaba, pues la revolución había resuelto asesinarlo, debiéndose la salvación de su vida a la actitud que ese Jefe había tomado. La aseveración del Jefe Nacional, pues ese complot no ha sido más que una asonada de la Nación para apoderarse de Corrientes y una consecuencia de haberse negado a aceptar como pago de las letras un proyecto de colonización.
El impune atentado devino en la imposición de un nuevo gobierno provincial afín y en el desconocimiento definitivo de la deuda adeudada a Corrientes. En una maniobra de alto teatro político, el propio presidente Julio A. Roca viajó a Corrientes bajo el pretexto de «sofocar el alzamiento», realizando así su primera visita oficial a una provincia en ejercicio del cargo.
Domingo Faustino Sarmiento, acuñó en su columna política en el diario “El Censor” otro concepto al acervo de esquemas conceptuales referenciales usados para señalar las operaciones de los Roca en el poder, así como había creado la palabra “Atalivar” un verbo intransitivo que significa cobrar de forma ilegal una comisión en negociados con el Estado, aprovechando contactos políticos, esta vez en ocasión de lo ocurrido en Corrientes, elaboró el concepto de “Gallinicidio”, una suerte de suicidio politico derivado de oponerce intransigentemetne a los planes de los Roca.
Posadas, la capital codiciada
El trazado inicial del Territorio Nacional de Misiones marginaba a la ciudad más próspera de la zona: Posadas. Sin embargo, Rudecindo estaba decidido a convertirla en la sede de su poder en lugar de asentarse en poblados remotos como San Martín o Corpus. El 19 de marzo de 1882, solicitó formalmente al Ministerio del Interior que requiriera a Corrientes la cesión de dicho ejido urbano.
Manejando información privilegiada antes de la aprobación legislativa, Rudecindo le confirmó por telegrama a su hermano presidente, el 27 de agosto de 1882, la inminente cesión territorial, solicitando al mismo tiempo refuerzos militares:
[Que] un batallón del ejército se establezca en Corrientes y no Resistencia y que un pique se desprenda a Misiones donde hace tanta falta. Te anticipo que mañana tendremos ley cediendo Posadas para capital de Misiones con los límites que tú conoces”.
¿Qué proyectos económicos pretendían impulsar sobre los vastos dominios usurpados? Un documento revelador del 12 de octubre de 1881 expone las averiguaciones previas del poder central. Octavio Gondra, ministro correntino, informaba secretamente al presidente Roca sobre la rentabilidad agroindustrial de la zona:
“De algunos nuevos informes que he recibido, resulta que de las cuatro concesiones para ingenio de azúcar que subsistían sólo dos quedan en el territorio a nacionalizarse y las dos restantes dentro de esta provincia en el departamento de Santo Tomé…”
Poco después, Rudecindo estableció el célebre ingenio azucarero «San Juan» en Santa Ana. Allí, bajo el hipócrita eufemismo de «civilizarlos mediante el trabajo», sometió a condiciones de trabajo forzado a indígenas pampas, ranqueles, tobas, matacos y guaraníes. Muchos de ellos habían sido deportados masivamente tras las campañas militares en la Pampa y el Chaco, completando así un ciclo trágico donde la violencia de Estado y la codicia privada se retroalimentaron impunemente.
En el ingenio del gobernador se pagaba a los indios allí empleados con raciones de comida y prendas de vestir que los trabajadores debían adquirir en el negocio del establecimiento a los costos allí impuestos sin poder salir del predio, si intentaban escapar eran cruelmente sometidos y asesinados a balazos, esa era en la década de 1880 la realidad laboral legitimada por la práctica del mismísimo gobernador y como dice el refrán popular, si el abad juega a las cartas ¿que harán los frailes? Es asi que en ese periodo histórico en el que se generalizó la explotación de los mensúes caracterizada por la crueldad de los capangas, el monopolio del abastecimiento de los trabajadores en los negocios del los establecimientos y la prohibición de abandonar el trabajo so pena de persecución a muerte, pero bueno esa es otra historia.
Bibliografía consultada:
- Alterach Miguel Ángel “Rudecindo: El otro descubiertero” Buenos Aires, editorial Dunkuen, 2001
- Zouvi Susana “Misiones Territorio Nacional 1881 – 1953” en Miradas Históricas sobre Misiones en el Bicentenario. Capítulo V. Posadas Junta de Estudios Históricos de Misiones. 2010
- Perié de Schiavoni, Ángela. “Las tierras Misioneras del coronel Rudecindo Roca” Secretaría de Investigación Fac. Humanidades y Ciencias Sociales. UNaM, Posadas 1992
- Luna Félix; “soy Roca” Buenos Aires: Debolsillo, 2006.
- La Patria Argentina, 2-II-1883, año V, n.1493. En Apéndice R-I. de “GENEALOGÍA de la TRAGEDIA ARGENTINA” Eduardo R. Saguier (en www.er-saguier.org)








