El 16 de mayo de 1813 se redactó en Apóstoles el padrón del pueblo. En la casilla del cacicazgo número 24 figuran tres nombres: el soldado Matías Abucú, su esposa María Josefa Numbati y la hija de ambos, Manuela. Sin embargo, al sumar, el censo anota apenas dos personas. El que faltaba era Matías. Diez días antes, el 6 de mayo, había entregado una carta en mano a José de San Martín, en un cuartel de Buenos Aires, a cientos de leguas de su casa.
Esa hoja de padrón, que durante casi dos siglos nadie supo leer con atención, es una de las piezas que permitieron al historiador D. J. Ostapchuk reconstruir la vida de un hombre que la historia oficial había dejado en los márgenes. Revisando los archivos de Buenos Aires y de Asunción, Ostapchuk corrigió varias cosas que se repetían sin comprobar. Abucú no se llamaba simplemente Matías: la abreviatura «Jph» en un manuscrito de 1812 del subdelegado Celedonio del Castillo, sumada a su firma en un parte de 1820, confirma que era José Matías. Tampoco había nacido hacia 1780, como se calculaba. El padrón de 1813 dice que tenía 42 años, lo que ubica su natalicio más bien hacia 1771. Y quedó probado algo que algunos historiadores sanmartinianos ponían en duda: que los oficiales guaraníes llegaron efectivamente al Retiro y se presentaron ante San Martín. La carta firmada está en el Archivo General de la Nación.
Con esos datos en la mano, la biografía se acomoda y gana bastante en detalle.
Un guaraní con letra y con mando
Abucú nació en la reducción de San Pedro y San Pablo Apóstoles, en el Departamento de Concepción, un pueblo misionero de fuerte tradición comunal y militar. Había sido fundado en el siglo XVII y trasladado después, a raíz de los ataques de los bandeirantes paulistas, de modo que sus habitantes crecían entre la vida de comunidad y la costumbre de defenderse.
Sabía leer y escribir, manejaba armas de fuego y caballo, y tenía peso entre su gente. En 1804 ocupaba el cargo de Regidor Primero del Cabildo de Apóstoles, lo que significaba ocuparse de la justicia y de la administración cotidiana del pueblo. Más tarde se sumó a las milicias del departamento. Bajo las órdenes del subdelegado Castillo llegó a teniente y quedó al frente de una compañía de guaraníes en Apóstoles, segundo en el mando militar de su jurisdicción, solo por debajo del corregidor. Se trataba de un hombre que había pasado por la sala del Cabildo y por el cuartel, y esa doble experiencia iba a pesar mucho cuando estallara la revolución.
Con Belgrano en Candelaria
A fines de 1810, Manuel Belgrano llegó a Misiones camino al Paraguay y estableció su campamento en Candelaria. En diciembre firmó el Reglamento para el gobierno de los treinta pueblos, que reconocía a los guaraníes los mismos derechos que a cualquier otro habitante, eliminaba los tributos y reorganizaba la administración y las milicias de la región.
Abucú viajó desde Apóstoles para reunirse con Belgrano cerca del paso de San José y Candelaria, junto con otros tenientes y corregidores guaraníes. Sus fusileros no pelearon en Paraguarí ni en Tacuarí, pero cumplieron una tarea menos vistosa y necesaria: vigilar los pasos del Paraná y custodiar el camino entre San José y Candelaria, para que el ejército tuviera la retaguardia cubierta cuando se replegó, en marzo de 1811.
El viaje a Retiro
A fines de 1812, San Martín, que todavía era teniente coronel y estaba armando su Regimiento de Granaderos a Caballo, pidió trescientos jóvenes guaraníes. Se buscaba gente de buena talla, robusta y de presencia, y esas condiciones no se encontraban en varios de los guaranies de los pueblos de de las ex misiones jesuíticas tan deterioradas tras largos años de adminstracion corrupta y fraudulenta de parte de las autoridades colonials. Solo 283 reclutas las cumplieron y pudieron partir a cumplir con el llamado.
La columna salió en enero de 1813 por el río Paraná y llegó a los cuarteles del Retiro a principios de mayo. La conducción logística estuvo a cargo del capitán Antonio Morales, y los oficiales guaraníes iban encabezados por Abucú, con los alféreces Miguel Aibí, Andrés Guayaré y Juan de Dios Abayá.
El 6 de mayo, los cuatro firmaron una carta para San Martín. Le agradecían haber conocido personalmente a quien resultaba ser «nuestro paisano», porque el Libertador habíanacido en las misiones, y hoy consideramos probable haya sido de origen mestizo hijo de Diego Alvear y la guaraní Rosa Guarú [mas informacion en…], nacido en Yapeyú otro pueblo misionero, y le pedían que no los creyera distintos de lo que eran:
«…conozca nuestro benigno gobierno que no somos del carácter que nos supone y sí, el de verdaderos americanos, con solo la diferencia de ser de otro idioma.»
En 1813, un grupo de oficiales indígenas le decía a la capital que eran tan americanos como cualquiera y que hablaban otra lengua, nada más. San Martín los recibió con calidez, los trató de paisanos y dispuso que se respetaran su idioma y sus costumbres durante el adiestramiento.
Abucú pasó seis meses acuartelado en el Retiro. Aprendió allí lo que el regimiento tenía de nuevo: las cargas de flanco divididas en columnas, el movimiento en pinza para envolver al enemigo, el manejo del sable corvo y de la lanza, y la disciplina para mantener la línea bajo el fuego. En noviembre, antes de emprender el regreso, San Martín hizo entregar a los oficiales guaraníes uniformes completos de Granaderos a Caballo: casaca azul con vivos rojos, morrión alto con penacho verde y escarapela, y galones de plata en las mangas que indicaban el grado de teniente. Abucú conservó el suyo y lo usó en cada campaña que vino después.
Apóstoles, 2 de julio de 1817
Misiones para 1815 había pasado a formar parte de la Liga de los Pueblos Libres de José Gervasio Artigas, y el comandante general era Andrés Guacurarí, conocido como Andresito. Abucú, ya capitán de Dragones, entró en su Estado Mayor, donde se sentaba junto a Pantaleón Sotelo, Francisco Javier Siti, Nicolás Aripí y Pedro Cuti.
Dos años después, un ejército luso-brasileño al mando del brigadier Francisco das Chagas Santos invadió el territorio. El 2 de julio de 1817 cayó sobre Apóstoles con 120 hombres del Regimiento de Dragones de Río Pardo, 500 infantes de Santa Catarina y artillería. Del lado guaraní había 200 infantes, 200 jinetes y ningún cañón, además de entre 250 y 300 vecinos del pueblo, hombres y mujeres, que se sumaron a la defensa.
Los defensores salieron al amanecer, con una bandera roja, a esperar al enemigo a unos dos mil metros del pueblo. El fuego de la infantería y de los cañones los obligó a retroceder hasta el casco urbano. Bajo una lluvia fuerte se atrincheraron en la residencia, en el templo y en el patio de los talleres. En el portón de entrada murieron unos sesenta guaraníes, que aguantaron lo suficiente para que los vecinos pudieran refugiarse en la iglesia.
A las tres de la tarde llegó Andresito desde San José, al galope, con refuerzos de caballería. Chagas Santos mandó a los dragones de Río Pardo, a cargo de José María Gama, a cortarle el paso. Los jinetes guaraníes los rodearon con una maniobra de pinza y los hicieron volver desordenados hacia el amparo de su artillería. Con el enemigo descolocado, la caballería misionera se dividió en dos columnas. Una, comandada por Andresito junto a Sotelo, Siti y el cura Acevedo, cargó de frente contra la infantería de Santa Catarina. La otra la encabezó Abucú.
Entró al galope en la plaza de su propio pueblo con el uniforme de granadero puesto, el azul con los galones de plata, y por eso mismo se convirtió en el blanco de los portugueses. El fuego se concentró en él, y su carga abrió el cerco. Desde las paredes del templo, los vecinos que resistían vieron la brecha y salieron al contraataque. Las filas portuguesas se deshicieron y la victoria fue completa.
1820: el año en que se desarmó todo
La Liga empezó a caer pronto. En mayo de 1819 Andresito fue capturado en Itacurubí y llevado preso a Río de Janeiro. En enero de 1820 Sotelo murió derrotado en Tacuarembó. Siti quedó al mando de Misiones y, en julio, firmó el Acuerdo de Mocoretá con Francisco Ramírez, el caudillo entrerriano, que pasaba a ser enemigo de Artigas.
Abucú no lo aceptó. Junto con Pedro Cuti y sus dragones se sublevó contra Siti para seguir con Artigas. El 24 de julio, Siti le escribió a Ramírez, molesto, que el comandante de dragones Matías Abucú había faltado a lo pactado al negarse a abandonar al «viejo Artigas».
El 23 de julio, sus dragones y las tropas de Pablo Aramenbi hicieron frente a la vanguardia de Ramírez en el arroyo Mandisoví y en el río Mocoretá. Eran combates para ganar tiempo, y lo ganaron: el grueso artiguista pudo replegarse.
El 15 de agosto, Artigas tenía sitiada la villa de Asunción del Cambay, hoy Monte Caseros, en Corrientes, cuando fue atacado por la espalda por las fuerzas de Gregorio Píriz y de Siti. La infantería artiguista se dispersó en el acto. Los únicos que se mantuvieron en formación fueron los dragones de Abucú. Lo cuenta, sin proponérselo, el propio Píriz, en el parte que esa misma mañana mandó a Ramírez: sus soldados habían infundido tanto terror que todos huyeron «habiéndose resistido solamente los Dragones de Abucú». Ese puñado de jinetes contuvo a los atacantes el tiempo suficiente para que Artigas escapara con vida.
El cruce del Paraná
Derrotado, Artigas se internó hacia el norte por el cerro de Santa Ana, y Abucú, que conocía los viejos senderos misioneros, lo guio en la retirada de lo que quedaba de la columna: unos pocos soldados y las familias. El martes 5 de septiembre de 1820 cruzaron el Paraná por el paso de Candelaria. Un informe del paraguayo Saturnino Blanco Mardo, fechado cinco días después, registra la escena en pocas palabras: ese martes se embarcaron el general Artigas, Matías Abucú, sus pocas tropas y el «familiaje», y los paraguayos los pasaron a la otra orilla.
En Paraguay no hubo el asilo que esperaban. Según el informe que el brigadier Chagas Santos escribió desde San Borja en noviembre, los paraguayos trataron bien a Artigas al principio y lo convencieron de que hiciera cruzar a unos doscientos hombres que estaban bajo el mando de Abucú, y recién entonces se vio engañado: los obligaron a entregar las armas. Los oficiales, con Abucú, fueron llevados presos a Asunción por orden del dictador José Gaspar Rodríguez de Francia. A los soldados los repartieron por pueblos del interior y los pusieron a trabajar a la fuerza.
De ahí en adelante casi no quedan registros. Se cree que Abucú murió en el exilio paraguayo, con su familia, sin haber vuelto a Apóstoles.
Lo que quedó escrito
De toda esa vida quedan unos pocos papeles: una firma al pie de una carta, una línea de padrón que cuenta una persona de menos, un par de partes de guerra. Y buena parte de ellos los escribieron sus adversarios, que no tenían ningún motivo para exagerar su coraje. El historiador Daniel Ostapchuk ha asumido de modo independiente la gran tarea de rescatar del polvo de los archivos esta historia de Abucú y de los misioneros que junto al otro misionero San Martin dieron origen al Famoso regimiento de granaderos a caballo, aquel germen que enraizado dio origen al ejército libertador de Argentina Chile y Perú.








